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jueves, 17 de septiembre de 2026

EL GOFIO CANARIO EL PAN DE LOS GUANCHES Y EL ALMA DE LAS ISLAS


 



GOFIO CANARIO: EL PAN DE LOS GUANCHES Y EL ALMA DE LAS ISLAS


Considerado el pan de los guanches, el gofio ocupa un lugar privilegiado en la mesa de Canarias. Desde tiempos muy antiguos es un ingrediente básico de numerosos platos tradicionales, como las pellas, el escaldón o el rancho canario, pero también está presente en recetas modernas e imaginativas como turrones, helados y mousses. Su elaboración sigue conservando una profunda esencia artesanal.


Un alimento milenario de los antiguos pobladores


Delicias tradicionales y recetario popular

Los canarios han ideado un buen número de recetas con gofio, desde la humilde pella, elaborada simplemente con agua, azúcar y aceite, hasta el escaldón, mezclado con caldo y dejado cocer a fuego lento, que suele tomarse para acompañar caldos, pucheros y cazuelas.

A la hora del postre, el gofio se disfruta mezclado con nueces, miel y azúcar; amasado con plátanos o higos; o en forma de helado, mousse, turrón e incluso licor.






Hoy los gofios más habituales son el de trigo, especialmente tradicional en Tenerife y La Palma, y el de millo, muy arraigado en Gran Canaria y las islas orientales. También existen gofios de cebada, habas, garbanzos, avena y otras variedades. Son especialmente habituales y apreciados los gofios de mezcla, elaborados con dos o más componentes, como el de trigo y millo.


El secreto del molino y el tueste

El gofio se caracteriza por un aroma seco, penetrante y terroso, un color amarillento que varía en función del tipo de grano y del tueste, y una textura polvorienta que no agrada a todos los paladares.

Aunque los ingredientes sean los mismos, cada gofio es diferente, pues el resultado depende en gran parte de las características que aporta el molino que lo elabora.

El grado de tueste que se da al grano, la cantidad de sal, la velocidad de la molienda, la separación de las muelas y la proporción de los distintos granos son algunos de los factores que hacen que cada gofio tenga su propia personalidad.

Cada molino tiene su propia fórmula magistral y los molineros la guardan celosamente.

Huella cultural, paisaje y recuperación de los molinos

Con los años, y más allá de la mesa, el gofio ha dejado una huella imborrable en el patrimonio cultural y en el paisaje de Canarias.

Se ha quedado incluso en el lenguaje, en expresiones tan populares como «estar hecho gofio», que significa estar molido o muy cansado, o «hacerse gofio», utilizada cuando alguien acaba hecho pedazos.

También entró en las casas formando parte del ajuar doméstico y de los aperos que muchas familias conservaban, como los molinos de mano y los tostadores.

Y, sobre todo, dejó su huella en el territorio, salpicando las islas de molinos de agua, viento, fuego, motor o electricidad. Muchos de ellos dejaron de funcionar en la década de 1960, cuando el gofio entró en una época de retroceso y su consumo quedó limitado, en buena parte, al ámbito local y rural.

Pero en los últimos años, en distintos puntos de las islas, se está trabajando para recuperar los antiguos molinos. Un claro ejemplo es el molino de agua de Firgas, del año 1517, considerado el más antiguo de las islas que todavía sigue en funcionamiento y declarado Bien de Interés Cultural.

Igualmente, el gofio recupera el terreno perdido, conquistando a nuevos consumidores y pasando del campo a la ciudad, de la casa al restaurante y del ámbito local al global.

Buena parte de este renacer tiene que ver con el auge de los alimentos naturales y ecológicos, pero también con el magnífico trabajo de los productores, que buscan consolidar la Indicación Geográfica Protegida para el gofio. De esta manera, sería posible disfrutar de este alimento ancestral sin necesidad de viajar a Canarias.





RECETAS ANTIGUAS CON GOFIO


Pella dulce o de pastores

Un alimento energético que los pastores llevaban al monte. No necesita fuego y se conserva perfectamente durante días.

Ingredientes

Gofio, de trigo o mezcla; agua; una pizca  sal; miel de palma o de abeja; queso tierno canario desmenuzado y almendras picadas.


Preparación

Se pone el gofio en un recipiente. Antiguamente se utilizaba incluso un zurrón de piel de cabra.

Se añade el agua poco a poco, junto con la miel, el queso y las almendras. Se amasa con las manos hasta obtener una pasta compacta y firme.

Se le da forma de cilindro, formando un rulo, y se corta en rodajas para comer.


Gofio con leche, el desayuno de antes

La comida reconfortante con la que empezaban el día los niños y los trabajadores del campo antes de afrontar las largas jornadas.


Ingredientes

Leche de cabra o de vaca, gofio y una cucharada de azúcar o miel, opcional.


Preparación

Se calienta la leche. En la taza se añaden dos o tres cucharadas grandes de gofio, se vierte la leche caliente y se remueve bien.

Dependiendo de la cantidad de gofio, se puede tomar más líquido, con una textura parecida a la de un chocolate espeso, o mucho más denso, para comerlo con cuchara.

En algunas casas se añadía un trozo de corteza de limón al calentar la leche para darle un toque de aroma.

El gofio, humilde y sencillo, ha acompañado durante generaciones a los canarios. Un alimento nacido del grano tostado y del trabajo de los molinos que terminó convirtiéndose en mucho más que una harina: en parte de la memoria y de la identidad de las islas.





miércoles, 16 de septiembre de 2026

BIZCOCHO DE ANIS Y ALMENDRAS

 





Bizcocho de anís y almendras

Hay bizcochos que huelen a cocina de casa desde que empiezan a hacerse en el horno. Este de anís y almendras tiene ese aroma tan particular del anís, el toque fresco de la ralladura de limón y una cubierta de almendras laminadas que, al hornearse con el azúcar, queda ligeramente crujiente.

Un bizcocho sencillo, de los que acompañan de maravilla un café o una merienda tranquila.


Ingredientes

200 g de harina

8 g de levadura de repostería

1 pizca de sal

La piel rallada de 1/2 limón

1 cucharadita de anís molido

3 huevos L

160 g de azúcar

125 g de yogur natural

20 g de licor de anís

70 g de aceite de girasol

2 cucharadas de almendras laminadas

Un poco de mantequilla para el molde

Un poco de harina para el molde

Un poco de azúcar para espolvorear


Elaboración

Mezclamos la harina con la levadura y la tamizamos. Añadimos la sal, la piel de limón rallada y el anís molido, y reservamos.

En un cuenco amplio ponemos los huevos junto con el azúcar y batimos con las varillas hasta que hayan doblado su volumen.

Añadimos el yogur, el licor de anís y el aceite de girasol y batimos de nuevo hasta que todos los ingredientes queden bien integrados.

Incorporamos poco a poco la mezcla de harina, utilizando una espátula y haciendo movimientos suaves y envolventes para no perder el aire que hemos conseguido al batir los huevos.

Precalentamos el horno a 185 ºC, con calor arriba y abajo.

Mientras tanto, untamos el molde con un poco de mantequilla y lo espolvoreamos con harina. Sacudimos el exceso para que quede una capa fina por toda la superficie. Espolvoreamos también un poco de azúcar.

Vertemos la masa en el molde y cubrimos la superficie con las almendras laminadas. Espolvoreamos un poco más de azúcar por encima para que, durante el horneado, aporte dulzor y una textura ligeramente crujiente.

Horneamos durante unos 30 minutos, o hasta que el bizcocho haya subido y esté dorado. Comprobamos que está bien cocido por dentro pinchándolo con un palillo o una brocheta de madera; debe salir limpia.

Cuando retiremos el bizcocho del horno, lo dejamos enfriar antes de desmoldarlo.






Consejo de Mapi

Para que el bizcocho quede bien esponjoso, lo más importante es batir muy bien los huevos con el azúcar y después incorporar la harina con suavidad, sin trabajar demasiado la masa.

GALLETAS MARIA

 




Galletas María

Hay sabores que forman parte de nuestra memoria sin que nos demos cuenta. Una galleta María es uno de ellos: sencilla, fina, crujiente y con ese sabor que reconocemos desde el primer bocado.

Y si hay una receta que ha convertido a estas galletas en protagonistas de muchas cocinas es, sin duda, la tarta de la abuela. Capas de galletas, crema y chocolate que han pasado de generación en generación y que siguen teniendo ese sabor de las tartas hechas en casa.

Pero las María también tienen su sitio por sí solas. Para acompañar un café, una taza de leche, para la merienda o simplemente para coger una cuando pasamos por delante de la caja.

Hacerlas en casa tiene su pequeño secreto: la masa debe quedar muy fina. Con un poco de paciencia y dejándola reposar bien fría, tendremos unas galletas doraditas y crujientes, de esas que saben a las de toda la vida.


Ingredientes

500 g de harina de trigo

100 g de mantequilla

100 g de azúcar blanco

100 g de azúcar panela

3 huevos

1 cucharadita de vainilla

1 sobre de levadura química, tipo Royal


Elaboración

Ponemos todos los ingredientes en un cuenco y los mezclamos hasta obtener una masa homogénea, procurando no trabajarla demasiado.

Dividimos la masa en seis porciones.

Estiramos cada porción entre dos papeles de horno, dejándola muy, muy fina. Este paso es importante, porque si la masa queda gruesa tendremos unas galletas gorditas y perderán esa textura y ese cuerpo tan característicos de la galleta María.

Para conseguir que todas tengan el mismo grosor podemos utilizar las gomas que traen algunos rodillos. Si no tenemos, podemos colocar dos palos de brocheta a ambos lados de la masa y utilizarlos como guía al pasar el rodillo.

Una vez estiradas todas las masas, las metemos en la nevera y las dejamos reposar toda la noche. De esta manera la masa estará más firme y podremos cortarla con mayor facilidad, evitando que las galletas se deformen.

Al día siguiente precalentamos el horno a 180 ºC.

Cortamos las galletas directamente sobre la masa fría, utilizando un cortador de galletas. Podemos darles la forma que queramos o incluso utilizar un vaso si no tenemos cortador.

Si utilizamos una forma diferente a la tradicional, hacemos los pequeños agujeritos característicos de las galletas María.

Colocamos las galletas sobre una bandeja cubierta con papel de horno y las horneamos durante unos 10 minutos, hasta que estén ligeramente doradas.

Las retiramos del horno y dejamos que se enfríen antes de guardarlas.






Consejo de Mapi

Aquí el secreto está en el grosor. La masa tiene que quedar muy fina; cuanto más nos acerquemos al grosor de una auténtica galleta María, mejor será el resultado. Y dejarlas toda la noche en la nevera hace que al día siguiente se corten mucho mejor y mantengan perfectamente su forma.

PULPO FRITO CON PAPAS ARRUGADAS Y MOJO

 




Pulpo frito con papas arrugadas y mojo

Hay platos que saben a Canarias desde que llegan a la mesa. El pulpo, las papas arrugadas y un buen mojo son de esas combinaciones que no necesitan demasiadas explicaciones: producto sencillo, sabores intensos y ese punto de cocina marinera y de casa que tanto nos gusta.

En esta receta el pulpo tiene algo especial: después de cocerlo, se fríe durante muy poco tiempo a fuego fuerte para conseguir que quede doradito y crujiente por fuera, pero tierno por dentro. Y junto a unas buenas papas arrugadas y un mojo canario, tenemos un plato para mojar pan y disfrutarlo sin prisas.


Ingredientes

1 pulpo, crudo o ya cocido

Papas pequeñas

Sal gruesa

1/2 limón

Mojo rojo o mojo de tomate picón

Aceite de oliva para freír






Elaboración

Si utilizamos pulpo ya cocido, solo tenemos que trocearlo en tacos o en rodajas gruesas y secarlo muy bien con papel de cocina antes de freírlo.

Si partimos de un pulpo crudo, ponemos abundante agua en un caldero grande, sin añadir sal, y la llevamos a fuego fuerte hasta que rompa a hervir.

Agarramos el pulpo por la cabeza y lo introducimos en el agua hirviendo, sacándolo inmediatamente. Repetimos esta operación tres veces seguidas. Veremos cómo los rejos se van rizando; de esta manera ayudamos a que la piel quede bien sujeta durante la cocción.

Después soltamos el pulpo en el caldero, tapamos y dejamos cocer a fuego medio durante unos 20-30 minutos, dependiendo del tamaño. Para un pulpo de aproximadamente 1-1,5 kg, este tiempo suele ser suficiente.

Comprobamos el punto pinchando con un palillo la parte más gruesa de uno de los rejos. Si entra con facilidad, como si atravesara mantequilla, el pulpo estará listo.

Apagamos el fuego y dejamos reposar el pulpo dentro del agua caliente durante unos 10-15 minutos antes de sacarlo.

Mientras tanto, preparamos las papas arrugadas. Las ponemos enteras y con piel en un caldero, las cubrimos con agua, añadimos sal gruesa y el medio limón y las dejamos cocer hasta que estén tiernas y la piel haya quedado arrugada.

Sacamos el pulpo del agua y lo secamos muy bien con papel de cocina. Este paso es importante, tanto para conseguir un buen dorado como para evitar que el agua del pulpo haga saltar el aceite.

Lo cortamos en tacos o rodajas gruesas.

Ponemos una sartén con abundante aceite y lo calentamos bien. Cuando esté muy caliente, añadimos los trozos de pulpo y los freímos durante apenas 1-2 minutos. Solo buscamos que se doren por fuera y queden crujientes. Si los dejamos demasiado tiempo, el pulpo puede endurecerse.

Sacamos los trozos de pulpo y los dejamos unos instantes sobre papel absorbente para retirar el exceso de aceite.

Servimos el pulpo frito bien caliente junto con las papas arrugadas y el mojo canario.






Consejo de Mapi

Con el pulpo frito hay que tener una cosa muy clara: fuego fuerte y poco tiempo. El pulpo ya está cocinado; la fritura solo necesita darle ese exterior doradito y crujiente. Si nos pasamos de tiempo, perderá su ternura y se pondrá duro.


ATUN EN ADOBO AL ESTILO CANARIO


 


Atún en adobo al estilo canario

Hay guisos que empiezan mucho antes de encender el fuego. Este atún comienza su historia en el adobo, con los ajos machacados, el comino, el orégano, el pimentón, el vinagre y el vino blanco, todos juntos haciendo su trabajo mientras el pescado reposa y va cogiendo sabor.

Después solo hace falta pasar el atún rápidamente por la sartén, preparar con calma ese adobo convertido en salsa y dejar que todo se encuentre de nuevo en el caldero.

Y si además lo llevamos a la mesa con unas papas arrugadas o unas papas sancochadas y un buen trozo de pan para mojar, ya tenemos uno de esos platos que piden comer despacio y no dejar ni una gota de salsa.


Ingredientes

1 kg de atún fresco, cortado en dados grandes

1 cabeza de ajos

1 vaso de aceite de oliva

1/2 vaso de vinagre de vino

1/2 vaso de vino blanco

1 cucharada de pimentón dulce o picante

1 cucharadita de comino molido

1 cucharada de orégano

1 ramita de tomillo

2 hojas de laurel

Sal gorda al gusto

Un poco más de aceite para dorar el atún





Elaboración

Lavamos bien los dados de atún y los secamos con papel de cocina.

Les ponemos un poco de sal gorda y los colocamos en un recipiente hondo.

Pelamos los ajos y los machacamos en un mortero con un poco de sal gorda. Si no tenemos mortero podemos utilizar una batidora eléctrica, aunque, como bien sabemos, no es lo mismo.

Añadimos el pimentón, el comino, el orégano y el tomillo y mezclamos bien.

Incorporamos el aceite, el vinagre y el vino blanco y removemos hasta conseguir un adobo bien ligado.

Vertemos el adobo sobre el atún y añadimos las hojas de laurel enteras. Tapamos el recipiente y lo dejamos en la nevera durante al menos 12 horas. Si lo dejamos de un día para otro, el atún tendrá todavía más sabor.

Cuando vayamos a cocinarlo, sacamos los trozos de atún del adobo y los escurrimos ligeramente. No tiramos el líquido, porque será nuestra salsa.

Ponemos una sartén al fuego con un poquito de aceite y doramos rápidamente los dados de atún por todos sus lados. Queremos que queden bien sellados por fuera y jugosos por dentro.

Sacamos el atún y lo colocamos en un caldero o una olla.

En la misma sartén vertemos todo el líquido del adobo. Lo dejamos hervir a fuego medio durante unos 5-10 minutos, para que se evapore el alcohol del vino y la salsa reduzca ligeramente.

Vertemos la salsa bien caliente sobre el atún y dejamos reposar unos minutos antes de servir.

Servimos bien caliente acompañado de unas papas arrugadas o unas papas sancochadas y, por supuesto, con un buen trozo de pan para mojar en la salsa.






Consejo de Mapi

El atún necesita muy poca sartén. Lo importante es dorarlo rápidamente para que quede hecho por fuera pero conserve toda su jugosidad por dentro. Y el adobo, después de reposar con el pescado, se convierte en una salsa llena de sabor que sería pecado dejar en el plato.

BACALAO DE CAMPO

 




Bacalao de campo

Hay nombres que ya te ponen el plato delante. Bacalao de campo suena a caldero al fuego, a papas, verduras y un buen majado hecho en mortero, de esos guisos en los que no hace falta mucho para conseguir una comida completa y llena de sabor.

El bacalao se cocina al final, sobre las papas y las verduras, para que quede jugoso y vaya recogiendo todos los aromas del sofrito y del majado. Un plato de cuchara sencillo, de los que piden sentarse a la mesa con hambre y tener un buen trozo de pan cerca.


Ingredientes

500 g de bacalao, previamente desalado y cortado en trozos

4 papas grandes, peladas y chascadas

1 pimiento verde

1 pimiento rojo

3 tomates maduros, pelados y picados

1 taza de guisantes

1 zanahoria, cortada en rodajas

4 dientes de ajo

1 cucharadita de comino

1 cucharadita de pimentón dulce

Un puñado de cilantro fresco o perejil

Aceite de oliva

Un chorrito de vinagre

Agua o caldo de pescado

Sal






Elaboración

En un caldero hondo ponemos un buen chorro de aceite de oliva y añadimos los pimientos, los tomates y la zanahoria. Sofreímos a fuego medio hasta que las verduras estén blanditas.

Mientras tanto, preparamos el majado. En un mortero machacamos bien los dientes de ajo junto con el comino, el pimentón, el cilantro y un grano de sal. Añadimos un chorrito de vinagre y mezclamos bien.

Incorporamos las papas chascadas y los guisantes al caldero con el sofrito. Añadimos el majado y removemos con cuidado para que todos los ingredientes queden bien impregnados de sus sabores.

Cubrimos con agua caliente o caldo de pescado, pero solamente hasta llegar al ras de las papas. Subimos el fuego hasta que comience a hervir y después lo bajamos a fuego medio.

Dejamos cocinar durante unos 15 minutos, hasta que las papas estén casi tiernas.

Colocamos entonces los trozos de bacalao desalado sobre las papas. Tapamos el caldero y dejamos cocinar todo junto a fuego lento durante unos 5-7 minutos más, hasta que el bacalao esté en su punto y las papas completamente tiernas.

Servimos bien caliente, procurando que en cada plato haya un poco de bacalao, papas, verduras y esa salsa llena de sabor.






Consejo de Mapi

El bacalao se añade al final para que no se haga demasiado y quede jugoso. Y las papas, mejor chascadas que cortadas a cuchillo: así sueltan parte de su almidón durante la cocción y ayudan a que el caldo quede más ligado.

martes, 15 de septiembre de 2026

ALBONDIGAS EN CALDO AL ESTILO DE CORDOBA

 



Albóndigas en caldo al estilo de Córdoba

Hay platos que son pura cocina de casa, de esos que llegan a la mesa humeando y que reconfortan desde la primera cucharada. Estas albóndigas en caldo son uno de ellos.

En Córdoba, las albóndigas también tienen su sitio entre esos guisos sencillos y llenos de sabor que se hacen con ingredientes humildes, pero con mucho mimo. Una buena mezcla de carnes, jamón serrano, ajo y perejil, y un caldo hecho despacio con hueso de jamón, pollo y verduras.

Y cuando las albóndigas se encuentran con ese caldo dorado por el azafrán y perfumado con hierbabuena, ya solo queda sentarse a la mesa y disfrutar de un buen plato de cuchara.


Ingredientes

Para las albóndigas

500 g de carne picada de cerdo

500 g de carne picada de pollo

100 g de jamón serrano picado

3 huevos

3 dientes de ajo

1 rebanada de pan blanco

Leche, para remojar el pan

Perejil fresco

Sal

Pimienta negra

1 vasito de vino blanco

Pan rallado

Aceite suave, para untarnos las manos

El pan remojado en leche es opcional, aunque aporta más jugosidad a las albóndigas.

Para el caldo

2 litros de agua

1 hueso de jamón serrano

1 cuarto trasero de pollo

1 puerro

3 zanahorias

1 rama de apio

Azafrán

Pimienta negra

1 ramita de hierbabuena







Elaboración

Comenzamos preparando el caldo. Ponemos en una olla el agua, el hueso de jamón, el cuarto trasero de pollo, el puerro, las zanahorias y el apio, todo limpio y troceado.

No añadimos sal, porque el hueso de jamón ya aportará la necesaria.

Dejamos cocer a fuego lento durante unas dos horas, desespumando de vez en cuando para conseguir un caldo limpio.

Mientras se hace el caldo preparamos las albóndigas.

En un bol grande batimos los huevos y añadimos el pan blanco previamente empapado en leche. Incorporamos las dos carnes picadas y el jamón serrano.

Mezclamos muy bien y añadimos la pimienta, poca sal, los ajos muy picados y el perejil fresco también picado.

Incorporamos el vasito de vino blanco y vamos añadiendo un poco de pan rallado, solo el necesario para que la masa quede bien amalgamada y podamos trabajarla con facilidad.

Nos untamos las manos con un poquito de aceite suave y vamos formando las albóndigas. Las reservamos hasta que tengamos listo el caldo.

Cuando el caldo esté terminado, lo colamos y lo ponemos de nuevo al fuego en una cazuela u olla grande.

Majamos o molemos el azafrán y lo incorporamos al caldo. Cuando comience a hervir, añadimos las albóndigas y unas hojas de hierbabuena.

Dejamos cocer durante unos 20–30 minutos, hasta que las albóndigas estén hechas y hayan tomado todo el sabor del caldo.

Servimos bien calientes, en plato hondo o en boles, con abundante caldo y alguna hoja o ramita de hierbabuena fresca por encima.






Consejo de Mapi

La masa de estas albóndigas queda jugosa y por eso puede resultar un poco pegajosa al trabajarla. Un poquito de aceite suave en las manos es suficiente para formar las albóndigas cómodamente, sin tener que añadir más pan rallado y endurecer la mezcla.

Y el caldo, mejor hecho despacio y sin prisas: ahí está buena parte del sabor de este plato.

ASADILLO CORDOBÉS


 



Asadillo cordobés

Hay sabores que no necesitan presentación porque, en cuanto llegan a la mesa, uno sabe que está en casa. El olor de los pimientos asándose, el tomate haciéndose despacito con el ajo y la cebolla, y ese aceite de oliva que termina de juntar todos los sabores...

El asadillo es de esas preparaciones sencillas que parecen poca cosa hasta que pruebas el primer bocado. Entonces entiendes que con unos buenos pimientos, un tomate maduro y el cariño de una cocina tranquila se puede hacer un plato de los que se quedan en la memoria.

En Córdoba, como tantas recetas de nuestra cocina, cada casa tendrá su manera de hacerlo. Esta es la que yo preparo: con sus pimientos asados, su sofrito y el huevo cocido por encima. Y si apetece, también admite unos trocitos de bonito o atún.

De esos platos que están todavía más ricos cuando han reposado un poquito y los sabores se han hecho amigos.


Ingredientes

4 pimientos rojos grandes

2 tomates maduros

1 cebolla mediana

2 o 3 dientes de ajo

2 huevos cocidos

Aceite de oliva virgen extra

Sal

Bonito o atún, opcional





Elaboración

Lavamos los pimientos, los untamos con un poco de aceite y los colocamos en una bandeja. Los asamos a 200 ºC durante unos 45 minutos.

Cuando estén asados, los sacamos y los ponemos en un recipiente tapado para que suden y se templen. Reservamos también los jugos que hayan soltado.

Mientras tanto, picamos muy fina la cebolla y los ajos y los ponemos a dorar en una sartén con aceite de oliva. Añadimos los tomates, también muy picados, y dejamos que se hagan hasta que el sofrito quede bien reducido.

Pelamos los pimientos y los cortamos en tiras. Los incorporamos al sofrito junto con sus jugos y dejamos cocinar todo junto durante unos minutos.

Dejamos enfriar y pasamos el asadillo a una fuente. Cocemos los huevos, los pelamos y los cortamos en rodajas o trozos, colocándolos por encima.

Si se desea, podemos añadir bonito o atún al servir.





Consejo de Mapi

No tires los jugos que sueltan los pimientos al asarse. Ahí hay muchísimo sabor y, al incorporarlos al sofrito, hacen que el asadillo quede mucho más jugoso y sabroso. Si lo dejamos reposar un poquito antes de servirlo, mejor todavía.

COCHIFRITO DE LECHON AL ESTILO DE CORDOBA

 



Cochifrito  de lechón al estilo de Córdoba

Hay platos que huelen a fiesta, a cocina llena de gente y a esos momentos en los que sabes que de la fuente no va a quedar ni una miga. El cochifrito es uno de ellos.

El secreto está en hacerlo en dos tiempos: primero, despacio, para que la carne quede tierna y jugosa; después, con el aceite bien caliente, para conseguir esa piel dorada y crujiente que es la gracia de este plato.

Un buen lechón, unos ajos, aceite de oliva y poco más. Cocina sencilla, de la que no necesita disfrazarse para hacerse recordar. Y ese pequeño toque de vino blanco o de Jerez al final, que le da todavía más carácter.


Ingredientes

1 kg de lechón o cochinillo, troceado en pedazos medianos

4–6 dientes de ajo, con su piel y ligeramente golpeados

Aceite de oliva virgen extra

Sal fina

Un chorrito de vino blanco o vino de Jerez







Elaboración

Ponemos abundante aceite de oliva en una sartén honda y añadimos los ajos ligeramente golpeados.

Incorporamos los trozos de lechón y cocinamos a fuego medio-bajo, alrededor de 100 ºC, durante unos 20–30 minutos, para que la carne se vaya haciendo despacio, quede tierna y conserve todo su jugo. En este primer cocinado no buscamos que se dore demasiado.

Sacamos la carne y los ajos de la sartén y los dejamos escurrir bien. Retiramos ese aceite, ya que durante la cocción la carne habrá soltado agua y gelatina.

Calentamos aceite limpio a fuego fuerte, alrededor de 200 ºC. Cuando esté bien caliente, freímos los trozos de lechón por tandas durante unos minutos, hasta que la piel quede bien dorada y crujiente.

Los vamos sacando y colocando sobre papel absorbente. Añadimos la sal fina inmediatamente, mientras la carne todavía está bien caliente.

Y, si nos gusta ese toque de la variante cordobesa, terminamos con un chorrito de vino blanco o de Jerez justo antes de servir.

Podemos acompañarlo con una ensalada o con unas buenas papas fritas.








Consejo de Mapi

La gracia del cochifrito está en no tener prisa en el primer cocinado y sí tener el aceite bien caliente en el segundo. Así conseguimos carne tierna por dentro y una piel crujiente por fuera.

SOPA DE PAN FRITO A LA CORDOBESA

 




Sopa de pan frito a la cordobesa

Hay sopas que nacen de lo más sencillo y terminan siendo de las que más reconfortan. Un buen pan de pueblo, unos ajos dorados en aceite de oliva, unos taquitos de jamón y el aroma de la hierbabuena hacen de esta sopa un plato humilde, pero lleno de sabor.

Es de esas recetas que nos recuerdan que en la cocina de antes no se desperdiciaba nada. El pan que ya había perdido su frescura encontraba una segunda vida en la cazuela, empapándose de todos esos sabores hasta convertirse en una sopa sabrosa y reconfortante.

Y cuando aparecen los huevos, cuajados directamente en el caldo y con la yema todavía cremosa, ya tenemos un plato completo de los que piden comer despacio y con la cuchara en la mano.


Ingredientes

200 g de pan de pueblo del día anterior, asentado

1 cabeza de ajos o 6–8 dientes grandes

100 g de jamón serrano en taquitos

1 cucharada sopera de pimentón dulce

1 pizca de comino molido

3 ramitas de hierbabuena fresca

1,2–1,5 litros de agua o caldo de pollo o jamón

4 huevos

Aceite de oliva virgen extra

Sal al gusto







Elaboración

Cortamos los dientes de ajo en láminas finas.

Ponemos un buen chorro de aceite de oliva en una cazuela, a fuego suave, y doramos los ajos con cuidado de que no lleguen a quemarse. Añadimos los taquitos de jamón serrano y removemos durante un par de minutos para que suelten toda su grasa y sabor.

Cortamos el pan asentado en rebanadas finas o en dados y lo incorporamos a la cazuela. Removemos durante un par de minutos para que se empape bien del aceite aromatizado con los ajos y el jamón.

Apartamos un momento la cazuela del fuego, o bajamos al mínimo, y añadimos el pimentón dulce y una pizca de comino. Removemos rápidamente para que las especias se mezclen sin llegar a quemarse.

Vertemos inmediatamente el agua caliente o el caldo. Incorporamos las ramitas de hierbabuena y ponemos sal al gusto.

Subimos el fuego hasta que comience a hervir y después lo bajamos. Dejamos cocer a fuego lento durante unos 15 minutos, hasta que el pan esté completamente tierno.

Retiramos las ramitas de hierbabuena y cascamos los huevos, uno a uno, directamente sobre la sopa.

Tapamos la cazuela y dejamos que los huevos se hagan durante 2–3 minutos, aprovechando el calor de la propia sopa, hasta que las claras estén cuajadas y las yemas permanezcan cremosas.

Servimos inmediatamente, bien caliente, en platos hondos o, si tenemos, en cazuelas de barro.







Consejo de Mapi

El pimentón es muy delicado: si se quema, amarga. Por eso merece la pena apartar la cazuela del fuego antes de añadirlo y echar enseguida el caldo. Y para esta sopa, un buen pan de pueblo asentado es parte del secreto: cuanto mejor sea el pan, mejor será la sopa.

REMOLACHA ENCURTIDA

 





Remolacha encurtida

Hay cosas que, una vez que entran en la despensa, siempre viene bien tener a mano. Esta remolacha encurtida es una de ellas: sencilla de preparar, con ese contraste entre el vinagre, el ligero dulzor y las especias, y perfecta para acompañar muchos platos.

La remolacha queda tierna, pero mantiene su presencia, y el eneldo y la pimienta le dan ese toque aromático que hace que cada rodaja tenga un poquito más de gracia.


Ingredientes

Para un bote de 1 litro:

500 g de remolachas

250 ml de vinagre de manzana

250 ml de agua

1 cucharada de azúcar moreno

2 cucharaditas de sal fina

2 cucharaditas de semillas de eneldo

1 cucharadita de pimienta negra en grano


Elaboración

Cocemos las remolachas enteras en agua con sal hasta que se ablanden ligeramente. Si nos gustan más tiernas, podemos dejarlas cocer hasta que estén completamente hechas.

Una vez cocidas, las dejamos templar, las pelamos y las cortamos en láminas finas.

Colocamos las láminas de remolacha en un bote limpio de un litro.

Ponemos en un cazo el vinagre de manzana, el agua, el azúcar moreno, la sal, las semillas de eneldo y los granos de pimienta. Llevamos todo a ebullición.

Vertemos el líquido caliente sobre la remolacha hasta cubrirla. Cerramos el bote y dejamos que se enfríe.

Una vez frío, lo conservamos en la nevera.







Consejo de Mapi

La remolacha irá tomando más sabor conforme repose en el encurtido. Conviene dejarla unas horas antes de comerla y mantener siempre el bote refrigerado.

lunes, 14 de septiembre de 2026

CONGRIO A LA BILBILITANA

 




Congrio a la bilbilitana

El congrio a la bilbilitana es uno de esos platos que llevan en cada bocado la cocina tradicional de Calatayud y de su tierra. Una receta de las de antes, hecha con pocos ingredientes y mucho sabor, donde el congrio seco es el protagonista y se acompaña con un buen sofrito de tomate, ajo, piñones, hierbas aromáticas y huevo.

Es una elaboración sencilla, pero de esas que piden su tiempo y ese mimo que siempre ha tenido la cocina aragonesa.


Ingredientes

800 g de congrio seco

2 tomates grandes y maduros

1 diente de ajo

2 docenas de piñones

4 huevos

Harina para rebozar

1 ramita de hierbabuena fresca

1 ramita de perejil

Aceite de oliva virgen extra

Agua

Sal





 


Elaboración

Ponemos el congrio seco en abundante agua y lo dejamos hidratar entre 6 y 8 horas. Una vez hidratado, lo escurrimos muy bien, lo secamos con papel de cocina y lo cortamos en trozos medianos.

Pasamos ligeramente los trozos por harina y los freímos en aceite de oliva hasta que estén dorados por fuera, sin necesidad de hacerlos demasiado. Los vamos colocando en una cazuela, mejor si es de barro.

En un mortero machacamos el diente de ajo junto con los piñones hasta conseguir una pasta. Añadimos un poco de agua para aligerarla y la vertemos sobre el congrio.

En el mismo aceite donde hemos frito el pescado hacemos el sofrito con los tomates pelados y bien picados. Cuando estén hechos, añadimos la hierbabuena y el perejil picados y dejamos que se mezclen bien los sabores.

Incorporamos este sofrito a la cazuela del congrio y añadimos el agua necesaria para que quede cubierto casi por completo. Probamos de sal, teniendo en cuenta que el congrio seco ya aporta su propio punto de sal, y dejamos cocinar a fuego suave durante unos 15-20 minutos.

Los huevos pueden incorporarse de dos maneras tradicionales: cocidos y cortados en rodajas, colocándolos sobre el guiso al final, o cascándolos directamente sobre la cazuela para que se cuajen con el calor del propio guiso.

Servimos el congrio bien caliente, con su salsa y los huevos acompañando cada ración.






Consejo de Mapi

El secreto está en hidratar bien el congrio y, sobre todo, en secarlo muy bien antes de pasarlo por harina y freírlo. Así conseguimos que quede doradito por fuera y que después absorba todos los sabor de la salsa.

TERNASCO DE ARAGON CON VINO Y MELOCOTON DE CALANDA

 



Ternasco de Aragón con vino tinto y melocotón de Calanda

El ternasco es uno de esos platos que hablan de Aragón sin necesidad de muchas palabras. Una carne tierna y sabrosa, una buena cazuela y el tiempo necesario para que todo se haga despacio.

En esta receta se encuentra con dos productos muy nuestros: el vino tinto y el melocotón de Calanda. La fruta aporta un contraste dulce y delicado a la salsa, mientras el vino le da profundidad y ese sabor intenso que pide una buena rebanada de pan para no dejar ni una gota en el plato.

Es una de esas recetas para cocinar sin prisas, de las que llenan la cocina de aromas y hacen que uno sepa que ese día se va a comer bien.


Ingredientes

800 g de ternasco de Aragón en trozos, de paletilla o cuello

2 melocotones de Calanda, frescos o en almíbar

350 ml de vino tinto

350 ml de caldo de carne

1 cebolla grande

1 diente de ajo, opcional

Un chorro de brandy

Aceite de oliva virgen extra

Sal

Pimienta

Una pizca de harina






Elaboración

Salpimentamos los trozos de ternasco y los enharinamos ligeramente. No necesitamos cubrirlos demasiado; esa pequeña cantidad de harina ayudará después a trabar la salsa.


Ponemos un buen chorro de aceite de oliva virgen extra en una cazuela y doramos bien la carne por todos sus lados. Cuando esté bien sellada, añadimos un chorro de brandy y flambeamos con cuidado.


Retiramos el ternasco de la cazuela y lo reservamos.


En el mismo aceite, añadimos la cebolla y el ajo picados y dejamos que se hagan a fuego suave, lentamente, hasta que estén transparentes y bien caídos.


Volvemos a poner la carne en la cazuela, subimos un poco el fuego y añadimos el vino tinto. Dejamos que hierva durante unos tres minutos para que se evapore bien el alcohol.


Incorporamos el caldo de carne, tapamos la cazuela y dejamos cocinar a fuego suave durante unos 45-50 minutos, o hasta que el ternasco esté tierno.


Mientras tanto, cortamos los melocotones en gajos. Cuando la carne esté prácticamente hecha, los incorporamos a la cazuela y dejamos cocinar todo junto, esta vez destapado, durante los últimos 10 minutos.


La salsa irá reduciendo y espesando mientras el vino, la carne y el melocotón se van uniendo. El resultado debe ser una salsa sabrosa y ligada, con el punto dulce y aromático de los melocotones de Calanda.


Servimos el ternasco bien caliente, acompañado de los gajos de melocotón y con abundante salsa.







Consejo de Mapi

Si utilizas melocotón en almíbar, escúrrelo bien antes de incorporarlo a la cazuela. Así conservará su dulzor, pero no aportará demasiado líquido a la salsa.

COLIFLOR AL AJOARRIERO

 




Coliflor al ajo arriero

Detrás de esta humilde coliflor hay una historia ligada a los antiguos caminos de España y a los arrieros, aquellos hombres que recorrían pueblos y caminos a lomos de sus mulas transportando mercancías y que pasaban muchos días lejos de casa.

Necesitaban una cocina sencilla, con ingredientes que pudieran conservarse bien y que permitieran preparar un buen plato al calor de un fuego improvisado. De aquella cocina de camino nació una forma de cocinar basada en ingredientes sencillos pero llenos de sabor: aceite, ajos, pimentón y un toque de vinagre.

El nombre y la manera de preparar el ajoarriero viajaron también de unas tierras a otras, pero cada lugar lo fue haciendo suyo con aquello que tenía más cerca. En León y en Castilla y León, por ejemplo, el ajoarriero tiene una tradición muy arraigada y se prepara de una manera bien diferente, ligado tradicionalmente al bacalao, la patata y el huevo. En Aragón, en cambio, esta forma de cocinar encontró su sitio en la huerta, acompañando a las verduras de temporada.

Y ahí aparece nuestra coliflor: rotunda, fresca y humilde, recogida de los huertos del valle del Ebro y convertida en un plato lleno de sabor con unos pocos ingredientes de la despensa.

Así, una técnica que recorrió caminos terminó adaptándose a cada tierra. El bacalao allí donde era fácil encontrarlo; las verduras de la huerta allí donde abundaban. Una cocina de camino que acabó convirtiéndose también en cocina de casa.


Ingredientes

1 coliflor grande

3 o 4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra

1 cucharada de pimentón dulce

1 puntita de pimentón picante

3 dientes de ajo laminados

1 cucharadita de vinagre

Sal al gusto

Tomillo fresco

Romero fresco






Elaboración

Separamos los ramos de la coliflor del tallo. Si tuviera alguna parte marrón, la limpiamos pasando un pequeño cepillo y después la enjuagamos bien con agua.


Ponemos una olla con agua y sal al fuego y, cuando comience a hervir, añadimos la coliflor limpia y escurrida. La dejamos cocer durante unos 8-10 minutos, hasta que esté tierna pero sin que llegue a deshacerse.


Una vez cocida, la escurrimos muy bien y la reservamos.


En una sartén ponemos el aceite a calentar y añadimos las ramitas de tomillo y romero junto con los ajos laminados. Cuando los ajos comiencen a bailar en el aceite, pero antes de que empiecen a tomar color, retiramos la sartén del fuego y añadimos el pimentón dulce y la puntita de pimentón picante.


Removemos para que el pimentón se sofría con el calor del aceite, pero con cuidado de que no se queme. Añadimos entonces la cucharadita de vinagre y mezclamos bien.


Colocamos la coliflor bien escurrida en una fuente y vertemos por encima el refrito de ajo arriero, procurando repartir bien los ajos y el aceite por todos los ramos.


Servimos caliente, dejando que la coliflor se impregne bien de todo el sabor del refrito.







Consejo de Mapi

El pimentón es muy delicado y se quema enseguida. Por eso es importante retirar la sartén del fuego antes de añadirlo y aprovechar el calor del aceite para que suelte todo su aroma y sabor sin amargarse.

TERNERA EN ESCABECHE

 



Ternera en escabeche


Hay recetas que saben a despensa, a cazuela hecha despacio y a esos sabores que mejoran cuando se dejan reposar. El escabeche es una de ellas.

Esta ternera se cocina lentamente hasta quedar tierna, rodeada de cebolla, zanahoria y ajos, y después se deja descansar en su propio escabeche. El vinagre, el vino y el aceite van haciendo su trabajo poco a poco, llenando la carne de sabor.

Es una preparación de las que merece la pena hacer con tiempo, porque al día siguiente está todavía más rica.


Ingredientes

Para 2–3 tarros medianos:

1 kg de ternera, en dados grandes de 3–4 cm

2 cebollas grandes, en juliana

3 zanahorias, en rodajas

1 cabeza de ajos, con los dientes pelados y enteros

300 ml de aceite de oliva virgen extra

300 ml de vinagre de vino blanco, o de manzana

150 ml de vino blanco

2 hojas de laurel

1 cucharada de pimienta negra en grano

Sal

Una pizca de pimentón dulce


Elaboración

Secamos bien la carne y la salamos.

Calentamos el aceite en una cazuela amplia y doramos los trozos de ternera a fuego fuerte, procurando que queden bien sellados. Los retiramos y reservamos.

Bajamos el fuego y, en el mismo aceite, ponemos la cebolla, la zanahoria y los ajos. Dejamos que se hagan despacio durante unos 10 minutos, hasta que las verduras estén tiernas.

Volvemos a poner la carne en la cazuela y añadimos el vinagre, el vino blanco, el laurel, la pimienta en grano y una pizca de pimentón dulce.

Tapamos y dejamos cocinar a fuego muy suave durante aproximadamente una hora y media, hasta que la ternera esté muy tierna. En olla a presión, serán unos 30 minutos, dependiendo de la olla y de la carne.

Cuando esté hecha, dejamos que baje un poco la temperatura y repartimos la carne y las verduras en recipientes o tarros limpios. Cubrimos completamente con el propio escabeche.

Guardamos en el frigorífico. Con el reposo, los sabores se van asentando y la ternera queda todavía más sabrosa.






Consejo de Mapi

Este es uno de esos platos que agradecen las horas. Si podemos hacerlo el día anterior, mejor: al reposar, el escabeche penetra en la carne y al día siguiente está para mojar pan.

Para esta preparación casera, la guardaremos siempre en frío; no la trataremos como una conserva para tener en la despensa.