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lunes, 31 de agosto de 2026

FRITADA DE CONEJO Y CARACOLES

 







FRITADA DE CONEJO Y CARACOLES


Hay platos que saben a territorio.

Esta fritada de conejo y caracoles es uno de esos guisos de la cocina oscense que reúnen en una misma cazuela productos sencillos y sabores de siempre: conejo, caracoles, jamón, chorizo, patata y un buen sofrito de tomate y pimiento.

Es una receta de las que se cocinan despacio, de las que llenan la cocina de aromas y, sobre todo, de las que piden pan para aprovechar hasta la última gota de salsa.


INGREDIENTES


Para 4 personas

1 conejo troceado

300 g de caracoles limpios

50 g de jamón serrano en tacos

50 g de chorizo en rodajas o dados

2 patatas medianas

2 cebollas

2 pimientos verdes

500 g de tomate triturado

1 vaso de vino blanco

1 hoja de laurel

Una pizca de azúcar

Sal

Pimienta negra

Aceite de oliva






PREPARACIÓN


1. LIMPIAR Y COCER LOS CARACOLES

Lavamos los caracoles varias veces en agua fría, con abundante sal y un chorrito de vinagre, removiéndolos bien para ayudar a eliminar la baba.

Los enjuagamos tantas veces como sea necesario, hasta que el agua salga limpia.

Los ponemos después en una olla con agua fría, procurando que queden cubiertos.

Encendemos el fuego al mínimo.

A medida que el agua se vaya calentando lentamente, los caracoles irán sacando el cuerpo de la concha.

Cuando estén todos fuera, subimos el fuego al máximo para detener el proceso.

Retiramos con una espumadera las impurezas que vayan apareciendo y añadimos sal y laurel.

Cocemos a fuego medio durante unos 30 minutos.

Escurrimos y reservamos.


2. DORAR EL CONEJO Y LOS EMBUTIDOS

Salpimentamos el conejo.

Ponemos aceite de oliva en una cazuela amplia y doramos los trozos de conejo por todos los lados hasta que estén bien marcados.

Cuando falten unos dos minutos para retirarlo, añadimos el jamón serrano y el chorizo.

Dejamos que se sofrían ligeramente y que aporten su grasa y su aroma al aceite.

Retiramos todo de la cazuela y reservamos.


3. FREÍR LAS PATATAS

Pelamos las patatas y las chascamos, introduciendo el cuchillo y terminando de romper el trozo en lugar de cortarlo completamente.

Las freímos en el mismo aceite hasta que estén doradas por fuera, pero todavía sin terminar de hacerse por dentro.

Retiramos y reservamos.


4. PREPARAR EL SOFRITO

En la misma cazuela ponemos la cebolla y los pimientos verdes, todo bien picado, junto con el laurel.

Sofreímos a fuego medio hasta que las verduras estén tiernas.

Añadimos el tomate triturado, una pizca de azúcar y sal.

Cocinamos durante unos 10 minutos, dejando que el tomate pierda parte de su agua y el sofrito tome cuerpo.

Incorporamos el vino blanco y dejamos que reduzca para que se evapore el alcohol.


5. TERMINAR LA FRITADA

Volvemos a incorporar a la cazuela el conejo, el jamón y el chorizo.

Añadimos también las patatas.

Cubrimos con un poco de agua o, mejor aún, con parte del caldo de cocer los caracoles.

Tapamos y dejamos cocinar a fuego lento durante unos 25 minutos, hasta que el conejo esté tierno y las patatas terminen de hacerse.


6. AÑADIR LOS CARACOLES

Por último incorporamos los caracoles cocidos.

Dejamos que todo el conjunto hierva suavemente durante 5-10 minutos, para que los caracoles se impregnen de la salsa y todos los sabores terminen de unirse.

Probamos y rectificamos de sal si fuera necesario.






CONSEJO DE MAPI

En esta receta merece la pena aprovechar el caldo de cocer los caracoles para terminar el guiso.

Aporta sabor y hace que la salsa quede todavía más ligada y sabrosa.

Y las patatas, mejor chascadas que cortadas limpiamente: ese pequeño gesto ayuda a que suelten su almidón y contribuyan a espesar la salsa.


A LA MESA

Servimos la fritada bien caliente, con el conejo tierno, los caracoles impregnados de la salsa y las patatas recogiendo todos los sabores del guiso.

Y, como manda la tradición de los buenos platos de cazuela:

pan al lado y a mojar.

Porque una salsa así no se puede dejar en el plato.



CIVET DE JABALI

 




CIVET DE JABALÍ


El civet de jabalí es uno de esos guisos que piden tiempo, una buena cazuela y un fuego tranquilo.

En mi casa lo preparo con la carne macerada en vino tinto y verduras, y después lo dejo cocinar lentamente hasta conseguir una carne tierna y una salsa oscura, aromática y bien ligada.

Pero hay algo que para mí no puede faltar: las patatas, las setas y las castañas.

Cuando llega el otoño, estos tres ingredientes convierten el guiso en un plato completo, de esos que llenan la cocina de aromas y que saben todavía mejor al día siguiente.


INGREDIENTES

Para el civet

1 kg de carne de jabalí limpia de grasa y cortada en dados grandes
750 ml de buen vino tinto
1 cebolla grande
1 puerro
2 zanahorias
4 dientes de ajo
2 hojas de laurel
Tomillo
Romero
1 cucharada de harina
1 copa de brandy o vino rancio
Aceite de oliva virgen extra
Sal
Pimienta negra en grano
Para completar el guiso
Patatas
Castañas peladas
Setas de temporada
Para la picada
1 rebanada de pan frito
Un puñado de almendras o avellanas
1 onza de chocolate negro






PREPARACIÓN


1. MACERAR LA CARNE

Entre 12 y 24 horas antes de preparar el civet, ponemos la carne de jabalí en un recipiente hondo.

Añadimos la cebolla, el puerro y las zanahorias troceados, los dientes de ajo, el laurel, el tomillo, el romero y unos granos de pimienta negra.

Cubrimos todo con el vino tinto, tapamos el recipiente y dejamos macerar en el frigorífico durante al menos 12 horas.


2. SECAR Y DORAR LA CARNE

Sacamos la carne de la marinada y la escurrimos muy bien.

Reservamos las verduras y el vino por separado.

Secamos los dados de jabalí y los pasamos ligeramente por harina.

Ponemos aceite de oliva en una cazuela amplia y doramos la carne a fuego fuerte, por tandas si fuera necesario, hasta que quede bien sellada y tome un bonito color.

Retiramos la carne y la reservamos.


3. POCHAR LAS VERDURAS

En la misma cazuela ponemos las verduras de la marinada junto con los ajos.

Las dejamos cocinar a fuego medio hasta que estén tiernas y bien pochadas.

Añadimos el brandy o el vino rancio y dejamos que se evapore el alcohol.


4. GUISAR EL JABALÍ

Volvemos a incorporar la carne a la cazuela.

Añadimos el vino de la marinada, previamente colado si queremos una salsa más fina, y un poco de agua o caldo si fuera necesario para que la carne quede prácticamente cubierta.

Salamos, tapamos y dejamos cocinar a fuego muy lento durante unas 2 o 3 horas, hasta que la carne esté tierna.

El tiempo dependerá de la carne y del tamaño de los trozos.


5. AÑADIR LAS CASTAÑAS

Cuando falten aproximadamente 45 minutos para terminar la cocción, incorporamos las castañas peladas.

Si son frescas, podemos escaldarlas previamente unos minutos para facilitar el pelado. Si utilizamos castañas envasadas al natural, podemos incorporarlas directamente.


6. AÑADIR LAS PATATAS

Unos 30 minutos antes de terminar, pelamos las patatas y las chascamos.

Las incorporamos a la cazuela.

Al chascarlas, la patata libera parte de su almidón y ayuda a que la salsa quede más trabada.


7. AÑADIR LAS SETAS

Limpiamos las setas de temporada y las troceamos si son grandes.

Las salteamos previamente en una sartén con un poco de aceite y un diente de ajo, dejando que pierdan parte de su agua y tomen algo de color.

Las incorporamos al guiso cuando falten aproximadamente 15 minutos para terminar la cocción.


8. PREPARAR LA PICADA

En un mortero machacamos el pan frito, las almendras o avellanas y el chocolate negro.

Cuando falten unos 10 minutos para terminar, incorporamos la picada a la cazuela.

Removemos suavemente para que se integre en la salsa y dejamos que termine de cocinarse.

El chocolate debe aportar profundidad y redondear el sabor, sin llegar a dominar el guiso.


9. DEJAR REPOSAR

Apagamos el fuego y dejamos reposar el civet.

Si podemos prepararlo de un día para otro, mejor todavía.

Al reposar, la carne absorbe los sabores del guiso y la salsa gana cuerpo y profundidad.

Al día siguiente lo calentamos lentamente, a fuego suave.






CONSEJO DE MAPI

Los guisos de caza necesitan paciencia.

No tengamos prisa durante la cocción y, sobre todo, no tengamos miedo de preparar el civet el día anterior.

Después de una noche de reposo está todavía más sabroso.

Y cuando lo llevemos a la mesa, que no falte un buen pan para disfrutar de esa salsa.


PARA SERVIR

Servimos el civet bien caliente, acompañado de las patatas, las setas y las castañas, y cubierto con su salsa.

Un plato de otoño, de fuego lento y de cocina de casa.

De esos que empiezan a cocinarse mucho antes de sentarse a la mesa y que, cuando llegan al plato, hacen que todo el trabajo haya merecido la pena.


AZAFRAN DE TERUEL EL ORO ROJO DE ARAGON

 




AZAFRÁN DE TERUEL
El oro rojo de Aragón


Hay productos que parecen pequeños, pero esconden una historia enorme.

El azafrán es uno de ellos.

Tres finos hilos rojos nacidos de una delicada flor de otoño son capaces de dar color, aroma y personalidad a un plato entero. Pero antes de llegar a nuestra cocina han pasado por campos, madrugadas, manos pacientes y muchas horas de trabajo.

En las tierras de Teruel, especialmente en el valle del Jiloca, el azafrán forma parte de una tradición agrícola y familiar que durante generaciones marcó el ritmo de los otoños.

Por eso se le conoce como el oro rojo.

No solamente por su valor, sino por todo el esfuerzo que encierra cada una de sus pequeñas hebras.


UNA HISTORIA QUE VIENE DE LEJOS

El Crocus sativus, la planta de la que procede el azafrán, se cultiva desde hace siglos y su presencia en la península ibérica se remonta a la época medieval, tradicionalmente vinculada a la llegada de la cultura árabe.

En Aragón, el cultivo fue adquiriendo importancia con el paso del tiempo y encontró en determinadas zonas de Teruel unas condiciones especialmente favorables.

El valle del Jiloca se convirtió en uno de sus principales territorios históricos. Localidades como Monreal del Campo, Calamocha y Blancas quedaron estrechamente relacionadas con este cultivo.

El azafrán llegó a formar parte de la economía doméstica y de la vida de las familias. Cuando llegaba el otoño, hombres, mujeres y niños participaban en una tarea que exigía rapidez, precisión y muchísima paciencia.

Era un cultivo pequeño en apariencia, pero de gran importancia para muchas familias humildes.


LA COSECHA: CUANDO LLEGA EL OTOÑO


La floración del azafrán se concentra en unas pocas semanas, principalmente entre octubre y noviembre.

La jornada comenzaba al amanecer.

Las flores, conocidas popularmente como la rosa del azafrán, se recogían cuidadosamente cuando todavía estaban cerradas o apenas comenzaban a abrirse. Así se protegían los delicados estigmas de la acción del sol y del viento.

Una a una.

Flor a flor.

Las rosas se depositaban con cuidado en cestas y se llevaban a casa para comenzar cuanto antes el siguiente trabajo.

Porque aquella pequeña flor no podía esperar.

EL ESBRIZNE: TRES HILOS POR CADA FLOR

Después de la recolección llegaba el esbrizne, también llamado desbriznado o monda.

Las familias se reunían alrededor de una mesa y comenzaban a abrir las flores una por una.

De cada flor se extraen sus tres estigmas rojos, las preciadas briznas de azafrán.

Había que hacerlo con mucho cuidado, cortando los hilos en el punto adecuado y procurando no llevarse las partes blancas o amarillentas del estilo, que podían disminuir la calidad del producto.

Era un trabajo minucioso y repetitivo.

Pero también era un momento de encuentro.

Durante aquellas tardes y noches, las familias compartían conversación y trabajo alrededor de la misma mesa. El esbrizne formaba parte de la vida de la casa tanto como cualquier otra tarea cotidiana.

Y las cifras ayudan a comprender la magnitud de aquel esfuerzo.

Para conseguir un kilogramo de azafrán seco pueden ser necesarias aproximadamente entre 150.000 y 200.000 flores, dependiendo de las condiciones de cada campaña.

Dicho de otra manera: cada kilo de azafrán representa cientos de miles de pequeñas operaciones hechas a mano.

Por eso cada hebra tiene detrás tanto valor.




EL TUESTE: EL ARTE DEL FUEGO


Una vez separados los estigmas llega otro momento decisivo: el secado o tueste.

Las briznas recién extraídas contienen mucha humedad y necesitan secarse cuidadosamente para poder conservarse.

Tradicionalmente se colocaban sobre cedazos y se secaban aprovechando el calor de las brasas.

El secreto estaba en encontrar el punto exacto.

Si faltaba calor, las briznas podían conservar demasiada humedad y estropearse.

Si el calor era excesivo, podían quemarse y perder aroma y calidad.

No había máquinas que decidieran cuándo estaba listo.

Había experiencia.

Había que conocer el fuego, observar las briznas y saber cuándo retirar el azafrán.

Durante el secado pierde gran parte de su peso, pero concentra sus cualidades: su intenso color rojo, su aroma característico y su capacidad para teñir de dorado los platos




CONSERVAR UN PEQUEÑO TESORO

Una vez tostado, el azafrán debe mantenerse protegido de la humedad, de la luz y del aire.

Antiguamente se conservaba en recipientes como cajas de madera o vasijas de barro, siempre en lugares secos y oscuros.

Además, el azafrán necesita reposo.

Con el paso de los meses termina de desarrollar y asentar sus características, y es entonces cuando está preparado para ofrecer todo su aroma y sabor.

Otra vez aparece la palabra que acompaña toda su historia:

paciencia.

Desde la floración hasta la conservación, el azafrán nunca ha sido un producto para hacer deprisa.


UNA EPOCA DE ESPLENDOR Y UNA GRAN CRISIS


Durante generaciones, el azafrán fue una fuente importante de ingresos para numerosas familias de la zona del Jiloca.

Pero durante las últimas décadas del siglo XX el cultivo sufrió un fuerte retroceso.

Los cambios económicos, la evolución del comercio y la competencia hicieron que muchas familias abandonaran una actividad que había formado parte de su vida durante generaciones.

La superficie cultivada disminuyó de manera drástica.

En Monreal del Campo, por ejemplo, se pasó de cientos de campos dedicados al cultivo a quedar reducida la actividad a una mínima expresión.

Parecía que aquella tradición podía desaparecer.

Pero el azafrán turolense consiguió sobrevivir.

A comienzos del siglo XXI comenzaron a surgir iniciativas destinadas a recuperar el cultivo, poner en valor su calidad y conservar los métodos tradicionales.

La recuperación también abrió nuevas posibilidades para la producción y para la comercialización del azafrán turolense fuera de nuestras fronteras.

El oro rojo volvía a tener futuro.


EL MUSEO DEL AZAFRÁN DE MONREAL DEL CAMPO


Para conservar toda esa memoria existe en Monreal del Campo el Museo del Azafrán, inaugurado en 1983.

Ubicado en una antigua casa, este espacio etnográfico permite conocer cómo era la vida alrededor del cultivo del azafrán.

En sus salas se conservan herramientas agrícolas utilizadas para preparar la tierra y cultivar los bulbos, utensilios relacionados con la recolección y objetos empleados durante el esbrizne y el secado.

También podemos acercarnos a la antigua comercialización del producto y a la vida cotidiana de las familias que participaban en la campaña.

Pero quizá lo más valioso que conserva el museo no sean solamente sus objetos.

Es la memoria de una forma de vivir.

De aquellas casas en las que, durante unas semanas al año, las mesas se llenaban de flores y las manos trabajaban durante horas separando cuidadosamente las diminutas hebras rojas.

Una tradición que merece ser recordada.


EL AZAFRÁN EN LA COCINA ARAGONESA


Y después de recorrer campos y casas, el azafrán termina donde mejor sabemos apreciarlo:

en la cocina.

Su utilización no necesita grandes cantidades. Unas pocas briznas son suficientes para aportar un aroma profundo, ligeramente floral y terroso, además de ese característico color amarillo dorado.

En la cocina tradicional aragonesa acompaña arroces, guisos, platos de caza, patatas, gachas y diferentes preparaciones de cuchara.

También tiene su lugar en la repostería.


Arroz con conejo y azafrán

Un plato de campo y de cocina familiar en el que el azafrán aporta profundidad al conjunto y viste el arroz de un precioso color dorado.


Gachas

En las tradicionales gachas de harina, unas briznas de azafrán pueden enriquecer el sofrito y aportar aroma y color a este plato humilde y reconfortante.


Patatas guisadas

En determinados guisos de patatas con costilla, cerdo o cordero, el azafrán puede incorporarse machacado en el mortero junto con ajo y otros ingredientes, integrándose después en el caldo.


Potajes de vigilia

También acompaña guisos tradicionales de bacalao, garbanzos y verduras, especialmente presentes en las cocinas de Cuaresma y Semana Santa.


Repostería

El azafrán también puede aparecer en panes, tortas y bizcochos, donde aporta su característico color y un aroma muy particular.

Y combinado con ingredientes dulces como la miel puede convertirse en un compañero sorprendente.






CÓMO APROVECHAR BIEN EL AZAFRÁN

El azafrán es una especia muy concentrada, por lo que no hace falta utilizar una gran cantidad.

Para aprovechar mejor sus cualidades, las briznas pueden tostarse ligeramente, con mucho cuidado de no quemarlas, y después incorporarse a la elaboración o infusionarse previamente en un poco de líquido caliente.

Lo importante es darle tiempo para que libere todo su aroma.

Porque el azafrán, como tantas cosas buenas de nuestra cocina tradicional, no tiene ninguna prisa.


EL ORO ROJO DE TERUEL

Hoy podemos abrir un pequeño recipiente y encontrar dentro unas cuantas hebras rojas.

Parece poca cosa.

Pero detrás de ellas están los campos del Jiloca, las madrugadas de otoño, las flores recogidas a mano, las mesas familiares, las largas horas de esbrizne y el delicado trabajo del fuego.

Está la memoria de muchas generaciones.

Y está también la voluntad de quienes han conseguido que una tradición que estuvo a punto de desaparecer continúe viva.

Por eso el azafrán de Teruel es mucho más que una especia.

Es tierra, trabajo, memoria y cultura.

Un pequeño lujo nacido de una flor humilde.

El verdadero oro rojo de Aragón.






TARTA DE OTOÑO

 





TARTA CON SABOR A OTOÑO


A mí, el otoño me sabe a castañas y manzanas asadas, a caramelo, a canela, vainilla y anís estrellado.

Me sabe a cardamomo y a calabaza, a frutos secos y a setas recién cogidas.

Me sabe a tardes tranquilas en casa, a una cocina cálida y a esos aromas que parecen quedarse flotando en el aire cuando fuera empieza a refrescar.

Y esta tarta tiene, para mí, precisamente ese sabor y ese aroma que asocio a los días de otoño y a las tardes tranquilas en casa.

La descubrí por casualidad, una tarde en la que estaba leyendo recetas en distintos blogs, y desde entonces se ha convertido en una de mis tartas preferidas para disfrutar durante el otoño y el invierno.

Esta tarta no es una receta mía ni pertenece a nadie de mi entorno. La encontré navegando por Internet y me gustó tanto que quise traerla a La Alacena.

Como no conservo el nombre de su autora original, prefiero dejar constancia de ello aquí.

Si algún día la persona que creó esta receta llega a leerla en mi blog y reconoce su tarta, estaré encantada de saber quién está detrás de ella y de darle el reconocimiento que merece.

Porque las recetas también tienen historia, y cuando una receta llega hasta nuestra cocina desde las manos de otra persona, lo justo es reconocer su origen cuando podemos hacerlo.


Ingredientes

Para un molde de 20 cm

190 g de harina de repostería o la que prefieras.

30 g de harina de almendra.

2 cucharaditas de levadura de repostería.

100 g de azúcar moscabado o azúcar integral.

50 g de azúcar blanco.

2 huevos XL.

1 cucharadita de vainilla.

150 g de mantequilla derretida.

1 manzana grande.

20 g de almendras laminadas.

Canela en polvo.

Azúcar glas para decorar.


Elaboración

Precalentamos el horno a 170 ºC.

Engrasamos un molde de 20 cm con mantequilla y espolvoreamos ligeramente con harina.

En un bol mezclamos la harina de repostería, la harina de almendra y la levadura.

Añadimos los dos tipos de azúcar, los huevos, la vainilla y la mantequilla derretida. Batimos con unas varillas durante aproximadamente un minuto, hasta integrar bien todos los ingredientes.

Extendemos la mitad de la mezcla en el molde preparado.

Pelamos la manzana y la cortamos en rodajas finas. Colocamos las rodajas sobre la masa, cubriendo toda la superficie de manera ordenada, y espolvoreamos por encima una cucharada sopera de azúcar.

Vertemos el resto de la masa sobre las manzanas y la extendemos suavemente con ayuda de una espátula.

Espolvoreamos un poco de canela y cubrimos la superficie con las almendras laminadas.

Horneamos durante unos 50 minutos. Comprobamos que está cocida pinchando el centro con una brocheta; en mi horno, con 50 minutos queda perfecta.

Sacamos del horno y dejamos enfriar antes de desmoldar.

Una vez fría, espolvoreamos con azúcar glas.






Consejo de Mapi

No hay prisa para comerla. Esta es de esas tartas que saben todavía mejor cuando se dejan enfriar bien y todos sus aromas terminan de asentarse.

Una tarta sencilla, casera y llena de los sabores que para mí anuncian la llegada del otoño.



domingo, 30 de agosto de 2026

BERENGENAS DE ALMAGRO CASERAS





BERENGENAS DE ALMAGRO


Ingredientes:


- 1 kilo de berenjenas de Almagro
- Sal
- Un bote de pimientos del piquillo asados, pimiento morrón...los que os gusten, hay que meter un trozo en cada berenjena
- Media cabeza de ajos
- Una cucharada sopera de comino molido
- Un poquito de pimienta
- Media cayena
- Vinagre
- Una cucharadita de pimentón dulce de la vera
- Un chorreón de aceite de oliva virgen extra crudo






Elaboración:


Primero lavamos las berenjenas y les cortamos un poco la piel de fuera y el rabito, las abrimos con una raja por la mitad (sin llegar al final), las ponemos en la olla rápida 6 minutos en agua con una cucharada sopera de sal desde que empieza a salir el vapor, apartamos la olla esperamos que salga el vapor, abrimos y las ponemos en un escurridor y pasamos por agua fría para cortar la cocción.

Ahora le metemos en la raja que hicimos un trozo del pimiento y cerramos clavando una ramita de hinojo, yo lo encuentro fácilmente por mi parcela pero en los bordes de los caminos también lo encontráis fácil si no encontráis podéis poner palillos de madera pero el hinojo le da un toquecillo chulo.

Las vamos poniendo en el tarro en el que las guardaremos.

Ahora preparamos el aliño, para ello ponemos en el mortero la media cabeza de ajos, la cucharada de comino molido, una poquita de pimienta, la media cayena y un poco de vinagre, machacamos bien y se lo echamos por encima a las berenjenas.

Para terminar las cubrimos de agua y vinagre de esta manera: echamos un vaso de agua con una cucharada de sal diluida y medio de vinagre, así los vasos que hagan falta hasta que queden cubiertas por completo, cuando las tengamos cubiertas les ponemos el chorro de aceite de oliva y la cucharadita de pimentón, agitamos para que se mezcle todo y las dejamos en el frigorífico, al cuarto día ya se pueden probar pero a la semana están buenísimas!

Magdalenas Aragonesas

 




Magdalenas Aragonesas


Cierro los ojos y las vuelvo a ver. Veo el delantal de cuadros de mi abuela, el calor de la cocina de leña y esa luz de la mañana que se colaba por la ventana para despertar la casa entera. Si hay un aroma que define mi infancia, es este: el perfume inconfundible del anís dulce, el limón recién rallado y esas magdalenas doradas que subían en el horno con un copete alto y crujiente que era nuestro mejor premio.


​En la alacena de mapi hoy no comparto solo una receta antigua; comparto un pedacito de mi corazón, el latido de mi pueblo y el secreto mejor guardado de su cocina. Porque hay sabores que no se cursan en ninguna escuela, se quedan para siempre en el alma. ¿Te vienes conmigo a recordarla?


​Ingredientes



​6 huevos camperos.


​250 g de azúcar blanco.


​250 g de harina de trigo común.


​125 g de mantequilla.


​125 g de manteca de cerdo.


​50 ml de anís dulce.


​Ralladura de la piel de 1 limón.


​1 sobre de levadura química (tipo Royal).


​Azúcar extra para espolvorear por encima.




Elaboración 


Fundir las grasas con cariño: Coloca la mantequilla y la manteca de cerdo en un recipiente y fúndelas suavemente en el microondas, sin que lleguen a calentarse demasiado. Déjalas templar.


​El alma de la receta (Montar los huevos): En un bol grande, bate los huevos junto con el azúcar con energía, con unas varillas, hasta que la mezcla doble su tamaño y se vuelva densa, espumosa y blanca como una nube. Es el secreto para que luego crezcan sin prisa pero sin pausa.


​Despertar los aromas: Añade la ralladura de limón y ese chorrito generoso de anís dulce que llenará la cocina entera de recuerdos. Bate de nuevo. Vierte la mantequilla y la manteca ya templadas, integrándolas con mimo y suavidad.


​Integrar los secos: Mezcla la harina con la levadura y tamízala poco a poco sobre los líquidos. Remueve con movimientos envolventes, con paciencia, hasta conseguir una masa fina, homogénea y sin rastro de grumos.


​Preparar los moldes: Coloca cápsulas de papel dentro de una bandeja o moldes rígidos. Llénalas hasta las tres cuartas partes: recuerda que estas magdalenas piden espacio para crecer y sacar su característico copete.



​El toque de horno: Espolvorea un buen puñado de azúcar por encima de cada una. Llévalas al horno precalentado a 180 ºC – 200 ºC durante unos 16 a 20 minutos. Cuando veas que están doradas y el olor invade cada rincón de la casa, estarán listas.




​La espera: Sácalas y déjalas enfriar sobre una rejilla. Sé que es una auténtica prueba de paciencia resistirse a morderlas calientes, pero el reposo les regala esa textura firme, jugosa y tierna por dentro que las hace inigualables.


LECHON ASADO CORDOBÉS





LECHÓN ASADO CORDOBÉS


Hay asados que forman parte de la memoria de  Platos que no necesitan demasiados adornos porque su grandeza está precisamente en hacerlos como se han hecho siempre: con buenos productos, un horno paciente y el tiempo necesario para que cada ingrediente entregue todo su sabor.

Este lechón asado lleva en cada bocado un poquito de Córdoba: la manteca de cerdo, el perejil, la cebolleta y, cómo no, un buen vino de Montilla-Moriles.

Primero se cocina despacio, para que la carne quede jugosa y tierna. Después llega el momento de darle la vuelta, subir el fuego y dejar que la piel se dore hasta quedar crujiente, dorada y llena de sabor.

Es un plato de celebración, de esos que llegan a la mesa en una gran fuente y consiguen que todos guarden silencio durante el primer bocado.

Porque cuando un buen lechón sale del horno en su punto, poco más necesita para convertirse en una fiesta.


Ingredientes

1 lechón entero de unos 3,5 a 4 kg, preferiblemente de raza ibérica del Valle de los Pedroches

150 g de manteca de cerdo

2 o 3 cebolletas, picadas muy finas

1 manojo de perejil fresco, bien picado

1 vaso de vino blanco, preferiblemente un buen vino de la D.O. Montilla-Moriles

Unos 200 ml de agua

Sal gorda




Elaboración

Preparamos el adobo cordobés. En un bol mezclamos la manteca de cerdo, que tendremos a temperatura ambiente, con las cebolletas y el perejil finamente picados. Trabajamos bien la mezcla hasta conseguir una pasta untuosa y aromática.

Sazonamos el lechón. Abrimos el lechón por la mitad, a lo largo del espinazo, y lo salamos generosamente con sal gorda tanto por el interior como por el exterior.

Untamos el adobo. Por la parte interior, donde están la carne y las costillas, extendemos bien la mezcla de manteca, cebolleta y perejil, procurando que quede bien repartida. Reservamos un poco de manteca limpia para utilizarla posteriormente sobre la piel.

Preparamos la bandeja. Precalentamos el horno a 170 ºC.

En una bandeja grande, o mejor aún, en una cazuela de barro tradicional, ponemos el vino blanco y el agua en el fondo. Colocamos el lechón con las costillas hacia arriba, procurando que la piel no quede en contacto directo con el líquido. Podemos ayudarnos de unas tablillas de madera para mantenerlo elevado.

Primera fase de horneado. Introducimos el lechón en el horno y lo asamos durante aproximadamente 1 hora y media.

Durante la cocción vamos abriendo de vez en cuando para regar la carne con sus propios jugos, ayudando así a mantenerla jugosa y llena de sabor.

Damos la vuelta al lechón. Sacamos la bandeja con cuidado y damos la vuelta a la pieza para dejar la piel hacia arriba.

Pinchamos suavemente la piel con la punta de un cuchillo o un tenedor, para evitar que se formen bolsas de aire, y extendemos por toda la superficie la manteca de cerdo que habíamos reservado.

Dorado final. Subimos la temperatura del horno a 200 ºC y continuamos el asado durante unos 35-45 minutos más, hasta que la piel esté bien dorada, inflada y crujiente.

Servimos. Sacamos el lechón del horno y lo servimos inmediatamente, acompañado de los jugos concentrados que han quedado en la bandeja






Consejo de Mapi

La clave de un buen lechón está en conseguir dos cosas a la vez: una carne jugosa y una piel bien crujiente.

Por eso es importante respetar las dos fases del horneado: primero una cocción más suave, para que la carne se haga despacio, y después un golpe de horno más fuerte para conseguir esa piel dorada y crujiente que todos esperamos.

Y si además lo hacemos en una buena cazuela de barro y utilizamos un vino de Montilla-Moriles, tendremos en la mesa un asado con todo el sabor de una auténtica cocina de fiesta cordobesa.



LICOR DE CARDAMOMO Y VAINILLA

 




LICOR DE CARDAMOMO Y VAINILLA


Hay licores que no necesitan grandes adornos para hacerse especiales. Basta con elegir buenos aromas y dejar que el tiempo haga su trabajo.

Este licor de cardamomo y vainilla es uno de ellos. El cardamomo aporta un perfume fresco, intenso y ligeramente especiado, mientras que la vainilla envuelve el conjunto con su aroma dulce, cálido y delicado.

Una elaboración sencilla, de esas que empiezan preparando una maceración y terminan convirtiéndose en una pequeña joya para nuestra bodega.

Porque hacer un licor en casa también tiene algo de paciencia: abrir el frasco, esperar y dejar que los aromas se mezclen poco a poco hasta encontrar su equilibrio.


Ingredientes

700 ml de vodka o alcohol neutro al 40 %

2 cucharadas de semillas de cardamomo verde, ligeramente machacadas

1 vaina de vainilla entera

350 g de azúcar blanco

250 ml de agua mineral

La vaina de vainilla puede sustituirse por 1 cucharada de extracto de vainilla natural de buena calidad.


Elaboración


Preparamos los aromas. Abrimos la vaina de vainilla longitudinalmente con un cuchillo y raspamos las semillas de su interior.

Ponemos en un frasco de vidrio las semillas de vainilla junto con la vaina abierta y las semillas de cardamomo ligeramente machacadas.

Vertemos el vodka y cerramos bien el frasco.

Maceramos. Guardamos el frasco en un lugar fresco y oscuro durante 15 días, agitándolo suavemente cada dos días.

Es importante respetar este tiempo para que la vainilla pueda liberar todo su aroma y se integre con el cardamomo.

Preparamos el almíbar. Ponemos el agua y el azúcar en un cazo y calentamos a fuego medio hasta que el azúcar se disuelva.

Dejamos hervir durante 2 minutos, retiramos del fuego y dejamos enfriar completamente.

Filtramos. Pasamos el alcohol aromatizado por un colador de tela o un filtro de café.

Si hemos utilizado la vaina de vainilla, es normal que puedan quedar pequeños puntos negros correspondientes a sus semillas.

Si queremos obtener un licor completamente cristalino, podemos realizar un segundo filtrado utilizando un filtro de papel grueso.

Mezclamos. Cuando el almíbar esté completamente frío, lo incorporamos al alcohol aromatizado y mezclamos bien.

Embotellamos el licor en una botella de vidrio limpia.

Dejamos reposar. Aunque ya estará preparado, es recomendable dejarlo reposar durante 7 días antes de consumirlo. Durante este tiempo los sabores terminarán de asentarse y el licor ganará equilibrio.






Consejo de Mapi

Como ocurre con todos los licores caseros, no tengas prisapor probarlo. Esos días de reposo después de mezclar la maceración con el almíbar hacen que los aromas se integren mucho mejor.

Y si utilizas la vaina de vainilla, no te preocupes si aparecen pequeños puntitos negros en el licor: son las semillas de la propia vainilla y forman parte de su encanto.

LICOR PERFECTO AMOR

 





LICOR PERFECTO AMOR



Hay licores que forman parte de una sobremesa y otros que terminan formando parte de nuestros recuerdos.

El Perfecto Amor es un licor de precioso color violeta, delicado aroma floral y un fondo dulce y especiado que invita a disfrutarlo despacio. Una pequeña copa de esas que parecen hechas para poner el punto final a una buena comida y alargar un poco más la conversación alrededor de la mesa.

En esta versión casera, los pétalos de violeta y rosa se unen a la naranja, el limón, la vainilla, el clavo y la canela. Todos estos aromas necesitan su tiempo para pasar al aguardiente y después encontrarse con un almíbar suave que dará cuerpo y dulzor al licor.

Y, como ocurre con tantos buenos licores, después de prepararlo llega lo más difícil: tener paciencia y dejarlo reposar.

El resultado es un licor aromático, floral y dulce, con ese característico color violeta que lo hace tan especial.


Ingredientes

Para la maceración

300 ml de aguardiente neutro

2 cucharadas soperas de pétalos de violeta secos, comestibles y sin pesticidas

2 cucharadas soperas de pétalos de rosa secos, comestibles y sin pesticidas

La piel de 1 naranja pequeña

La piel de ½ limón, solo la parte coloreada

½ vaina de vainilla, abierta

1 clavo de olor

½ ramita pequeña de canela

Para el almíbar

400 ml de agua

350 g de azúcar blanco

Para el color

Colorante vegetal azul

Colorante vegetal rojo


Elaboración

Maceramos los aromas. Ponemos en un frasco de vidrio limpio y con cierre hermético los pétalos de violeta y rosa, las pieles de naranja y limón, la vainilla, el clavo y la canela.

Vertemos los 300 ml de aguardiente, cerramos bien el frasco y lo guardamos en un lugar fresco y oscuro durante 10-14 días.

Agitamos suavemente el frasco una vez al día para favorecer que el aguardiente extraiga todos los aromas y colores de los ingredientes.

Preparamos el almíbar. Una vez terminado el tiempo de maceración, ponemos en una olla los 400 ml de agua y los 350 g de azúcar.

Calentamos a fuego bajo hasta que el azúcar se disuelva por completo, procurando que no llegue a hervir con fuerza.

Retiramos del fuego y dejamos enfriar completamente.

Filtramos. Pasamos la infusión alcohólica por un colador de tela o por un filtro de papel para retirar todos los pétalos, especias y restos de los ingredientes.

Mezclamos. Cuando el almíbar esté completamente frío, lo mezclamos con el líquido filtrado.

Añadimos muy poco a poco unas gotas de colorante vegetal azul y rojo, hasta conseguir el tono lila o violeta brillante característico del Perfecto Amor.

Dejamos madurar. Envasamos el licor en una botella de vidrio limpia.

Aunque podemos consumirlo inmediatamente, es recomendable dejarlo reposar durante al menos dos semanas en un lugar oscuro. Durante este tiempo los aromas florales, cítricos y especiados se integrarán y el licor adquirirá un sabor más equilibrado.







Consejo de Mapi

En los licores caseros, la paciencia también forma parte de la receta. Aunque podamos probarlo recién preparado, merece la pena dejarlo madurar para que todos sus aromas se encuentren y se redondee su sabor.

Utiliza siempre pétalos de violeta y rosa comestibles y sin pesticidas, ya que las flores son uno de los ingredientes principales de este licor.

Sírvelo bien frío, en una pequeña copa, y disfruta de él despacio, como merece un buen licor para poner el broche final a una comida de fiesta.


sábado, 29 de agosto de 2026

MEZCLA DE ESPECIAS DE OTOÑO

 


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​¡Hola, reposteros y amantes de los aromas tradicionales! Hoy en la alacena de mapi os traigo un básico indispensable que no puede faltar en nuestra despensa: la mezcla clásica de especias. Con una combinación cálida y envolvente de canela, nuez moscada, pimienta de Jamaica y un punto picante, es el secreto para elevar cualquier bizcocho, compota o desayuno al siguiente nivel. ¡Vamos a prepararla en un momentito.


MEZCLA DE ESPECIAS DE OTOÑO


​Ingredientes de la mezcla clásica


Canela: Aporta la base dulce y aromática; la variedad de Ceilán es muy apreciada por su finura.
​Nuez moscada: Proporciona un toque cálido, amaderado y profundo.
​Pimienta de Jamaica (allspice): Ofrece unos matices únicos que recuerdan a una deliciosa combinación de canela, clavo y nuez moscada.
​Clavo o jengibre: Añaden un contraste ligeramente picante e intenso que le da carácter a la mezcla.


Elaboración


Mezcla bien en un recipiente pequeño las siguientes cantidades:

​4 cucharadas de canela molida.
​1 cucharada y media de nuez moscada molida.
​1 cucharada y media de pimienta de Jamaica molida.
​1 cucharada de clavo molido (o jengibre en polvo, según tu preferencia).


Una vez integrada, guarda el resultado en un tarro hermético en un lugar fresco y seco para que conserve todo su aroma durante meses.





​Ideas de uso para tu despensa y cocina


Esta mezcla es comodísima de tener a mano para darle alegría a mil recetas:


​Desayunos y meriendas:
​Avena nocturna u horneada: Añade una cucharadita a los copos de avena con leche, manzana picada y nueces.
​Tortitas y gofres: Incorpora la mezcla directamente a la masa seca antes de añadir los líquidos.


Repostería y masas:
​Bizcochos y muffins: Sustituye la canela simple por esta mezcla en recetas de bizcocho de calabaza, zanahoria o vainilla.
​Galletas de avena o mantequilla: Integra las especias en la masa para aportarles un perfil aromático profundo.



Postres y frutas cocinadas:
​Manzanas o peras asadas: Espolvorea generosamente sobre las frutas con un toque de mantequilla o azúcar moreno antes de meterlas al horno.
​Compotas y mermeladas: Condimenta tus purés y conservas de fruta caseros (como manzana, pera, ciruela o higos).


TARTA DE MANZANA CON MASA CASERA

 




TARTA DE MANZANA CON MASA CASERA


Hay tartas que entran por los ojos y otras que empiezan a conquistarnos mucho antes, cuando el aroma que sale del horno comienza a llenar toda la casa.
Esta es una de esas tartas. Una tarta de manzana hecha con una masa sencilla y casera, de las que se preparan en pocos minutos y que, sin grandes complicaciones, consiguen un resultado maravilloso.

La manzana, el azúcar, las especias y la mantequilla se esconden entre dos capas finas de masa y, mientras se hornea, van formando en su interior un relleno jugoso y lleno de aromas.

Y luego está ese pequeño detalle que tiene algo de magia: la chimenea en el centro de la masa, por donde escapa el vapor mientras la superficie se dora y el azúcar forma una costra fina y crujiente.

Es una tarta para cortar despacio, cuando ya se ha enfriado un poco, y disfrutar de ese primer bocado en el que se encuentran la masa crujiente, la manzana tierna y todo el perfume de las especias.

Porque hay pocas cosas tan sencillas y tan reconfortantes como una tarta de manzana recién hecha en casa.

Ingredientes

Para la masa

500 g de harina de trigo común

150 ml de leche entera

150 ml de aceite de girasol o aceite de oliva muy suave

1 huevo

Una pizca de sal

Si vamos con prisa, podemos utilizar dos láminas de masa quebrada comprada, aunque preparar esta masa casera apenas lleva unos minutos y merece la pena.


Para el relleno

5 o 6 manzanas
1 cucharada colmada de mezcla de especias de otoño o de tarta de manzana
120 g de azúcar, blanco o moreno
50 g de mantequilla fría, cortada en trocitos pequeños
Para el acabado
1 huevo batido
Azúcar para espolvorear

Elaboración

Preparamos la masa. En un bol grande ponemos la leche, el aceite, el huevo batido y la sal. Vamos añadiendo la harina poco a poco mientras mezclamos con una cuchara.

Cuando la masa empiece a ofrecer resistencia, la pasamos a la mesa y amasamos unos minutos con las manos, hasta obtener una bola suave que no se pegue.

Dividimos la masa en dos partes, dejando una ligeramente más grande para la base, y dejamos reposar durante 15 minutos sobre la encimera.

Preparamos el corazón de manzana. Pelamos las manzanas y las cortamos en láminas muy finas. Las ponemos en un bol y las mezclamos con el azúcar y la cucharada de especias, procurando que queden bien impregnadas de todos los aromas.

Montamos la base. Con ayuda de un rodillo, estiramos la parte más grande de la masa hasta dejarla fina.

La colocamos en un molde de tarta o directamente sobre una bandeja de horno cubierta con papel vegetal.

Rellenamos. Repartimos las manzanas de manera uniforme sobre la masa, dejando aproximadamente un dedo libre alrededor de los bordes.

Distribuimos por encima los trocitos de mantequilla fría. Durante el horneado, la mantequilla se fundirá junto con el azúcar y los jugos de la fruta, formando un relleno jugoso y lleno de sabor.

Tapamos la tarta. Estiramos la otra mitad de la masa y cubrimos completamente las manzanas.

Doblamos los bordes de la masa inferior sobre la superior y pellizcamos la unión, formando un pequeño cordón que selle bien la tarta y evite que se escapen los jugos.

Preparamos para el horno. Hacemos un pequeño agujero en el centro de la masa superior, a modo de chimenea, para que pueda salir el vapor.

Pintamos toda la superficie con huevo batido y espolvoreamos generosamente con azúcar. De esta manera conseguiremos una superficie dorada y una costra dulce y crujiente.

Horneamos. Introducimos la tarta en el horno, previamente precalentado a 180 ºC, y horneamos durante unos 45-50 minutos, hasta que la masa esté bien dorada.

Cuando el aroma de la manzana y las especias haya llenado toda la casa y la superficie tenga un bonito color dorado, estará lista.






Consejo de Mapi

Deja que la tarta repose y se temple antes de cortarla. Así el relleno se asentará y podremos disfrutar mejor de su textura y de todos sus aromas.

Como sugerencia, a mí me gusta prepararla en un molde redondo. Me parece que queda especialmente bonita, con ese aspecto de tarta casera de las de toda la vida, perfecta para llevarla entera a la mesa y cortar las porciones allí.

Y si además la servimos todavía ligeramente templada, el aroma de la manzana, las especias y la mantequilla vuelve a llenar la cocina.

Una tarta sencilla, casera y hecha para disfrutarla sin prisas.

jueves, 27 de agosto de 2026

Albóndigas de bacalao con tortilla en trampa y salsa verde

 





¿A que te vendría ahora mismo un buen plato de cuchara, de esos que humean y llenan toda la cocina de un olor a hogar inconfundible? Cierra los ojos un segundo. Si miro atrás, al tiempo de Cuaresma y Semana Santa, en mi memoria se enciende de inmediato el chup-chup pausado de la cazuela de mi abuela. Este era uno de esos platos especiales que ella preparaba con mimo, despacio, sabiendo que en cada burbuja de la salsa verde y en cada secreto de la abuela iba gran parte de nuestro cariño familiar.

​Hoy abro de par en par las puertas de la alacena de mapi para rescatar esta joya marinera: unas albóndigas de bacalao tan tiernas que se deshacen en la boca, nadando en una salsa de almendras tostadas y acompañadas de ese truco maestro e infaltable que es la tortilla en trampa.

​Ponte el delantal, acércate al fuego y ven a sentarte conmigo a la mesa. Vamos a cocinar despacito, a fuego lento, como nos enseñaron los nuestros, para que notes el calor del hogar en cada bocado.

Albóndigas de bacalao con  tortilla en trampa y 
Salsa verde




Ingredientes

​Para las albóndigas de bacalao

400 g de bacalao desalado (bien seco y sin piel ni espinas)

​1 patata mediana (cocida con su piel, pelada y chafada con un tenedor)

​1 huevo grande

​1 diente de ajo y un puñado de perejil fresco (muy picados)

​2 cucharadas de pan rallado (solo si la masa queda muy blanda)

​Harina (para rebozar) y aceite de oliva (para freír)

Para la tortilla en trampa


2 huevos grandes

​1 puñado generoso de miga de pan (del día anterior, asentado)

​Ajo y perejil fresco (muy picados, al gusto)

​Un chorrito de leche (para empapar el pan)

​Aceite de oliva y sal

​Para la salsa verde y el toque de la abuela


1 cebolla picada

​2 dientes de ajo

​1 puñado de almendras crudas (unas 12-15 unidades)

​1 buen manojo de perejil fresco (solo las hojas)

​1/2 vaso de vino blanco

​400 ml de caldo de pescado (o el agua de desalar/cocer sutilmente el bacalao)

​Aceite de oliva y sal


​Preparación

Preparación de las albóndigas


Picar el bacalao: Desmenuza o pica el bacalao desalado a cuchillo de forma muy fina. Al dejarlo en crudo, su propia gelatina unirá la albóndiga y quedará jugosísima.

​Hacer la masa: En un bol grande, mezcla el bacalao picado con la patata chafada (que debe estar templada o fría), el huevo batido, el ajo y el perejil.

​Dar consistencia: Trabaja la masa con las manos. Si notas que está demasiado húmeda para formar las bolas, añade una o dos cucharadas de pan rallado. Deja reposar la masa en la nevera 30 minutos para que coja cuerpo.

​Formar y freír: Haz bolitas no demasiado grandes, pásalas ligeramente por harina y fríelas en abundante aceite de oliva bien caliente. Solo queremos sellar el exterior (un minuto por lado para que se doren); se terminarán de cocinar por dentro luego, en los 5 minutos de chup-chup con la salsa verde.

Elaboración de la tortilla en trampa

  1. Remojar el pan: Desmenuza la miga de pan en un plato y vierte un chorrito de leche por encima. Deja que se empape bien durante un par de minutos y luego escúrrela un poco con las manos si ha quedado demasiado líquida.
  2. Batir los huevos: En un bol, bate los huevos con una pizca de sal.
  3. Hacer la mezcla: Añade al bol el ajo picado, el perejil y la miga de pan remojada. Mézclalo todo bien con un tenedor para que el pan se integre perfectamente con el huevo.
  4. Cuajar la tortilla: Calienta una sartén mediana con un chorrito de aceite de oliva. Sella la mezcla a fuego medio. Cuando veas que los bordes se despegan, dale la vuelta con un plato y cuájala por el otro lado hasta que esté dorada. Córtaela en dados y resérvala.

​Preparación de la salsa verde


  1. Hacer la picada aragonesa: En un mortero, machaca los dos dientes de ajo con una pizca de sal, las almendras crudas y el manojo de perejil fresco hasta conseguir una pasta (o pásalo brevemente por una batidora pequeña con un chorrito de caldo). Reserva.
  2. Sofrito base: En la misma cazuela donde vayas a terminar el plato, echa un chorrito de aceite de oliva y pocha la cebolla picada a fuego lento hasta que esté transparente.
  3. El vino: Sube el fuego, añade el vino blanco y deja que evapore el alcohol durante un par de minutos.
  4. Ligar la salsa: Incorpora la picada de almendra, ajo y perejil del mortero. Remueve bien para que se tueste ligeramente la almendra con la cebolla, y enseguida vierte el caldo de pescado caliente. Deja cocinar a fuego medio unos 7 u 8 minutos hasta que la salsa empiece a trabar y tomar consistencia gracias a la almendra.

​   El gran encuentro (Unir albóndigas, tortilla y salsa)


  1. Introduce primero las albóndigas de bacalao fritas en la salsa verde hirviendo a fuego suave. Cocínalas unos 5 minutos para que se calienten por dentro.
  2. ​Añade los dados de la tortilla en trampa repartidos por la cazuela. No remuevas bruscamente con la cuchara para no romperlos; simplemente menea la cazuela por las asas con un vaivén circular.
  3. ​Cocina todo junto a fuego muy bajo durante 3 minutos más.

Consejo de MAPI

El secreto absoluto: Apaga el fuego, tapa la cazuela y deja reposar el plato un mínimo de 5 a 10 minutos antes de servirlo. Verás cómo la tortilla cambia por completo al inflarse ligeramente con los jugos de la salsa verde de almendras