ARAGON A FUEGO LENTO EN LA ALACENA DE MAPI
"Quiero invitaros a recorrer conmigo Aragón, una tierra que llevo en el corazón. Caminaremos por sus pueblos, conoceremos a las personas que mantienen vivas nuestras tradiciones y descubriremos cómo nacen los productos que, generación tras generación, han dado identidad a nuestra cocina. Porque antes de llegar a la mesa, cada receta comienza mucho antes... comienza en la tierra."
"Ser aragonesa es llevar el paisaje en la sangre, y por eso solo podía empezar este viaje por mi tierra. Acompáñame a recorrer los rincones más profundos de Aragón, desde la inmensidad de nuestras cumbres hasta la calidez de mis recuerdos más queridos. Es un recorrido entre paisajes que quitan el aliento y momentos que guardo en mi alma. ¿Te vienes conmigo?"
HUESCA
"Dos valles, un mismo corazón. La inmensidad de Ordesa y la calma de Benasque son los paisajes que definen mi identidad aragonesa."
Soy de Valcarca, una pequeña aldea de Binaced, en el corazón del Cinca Medio. Allí, donde la vida se vive con las manos en la tierra, gracias al esfuerzo diario de nuestra agricultura y ganadería, es donde aprendí el valor de las cosas hechas con calma. Valcarca es mi hogar, la tierra de mis raíces, y la llevo siempre conmigo como un sello de orgullo.
Fue precisamente en ese entorno, rodeada de la sencillez y honestidad de nuestra gente, donde descubrí mi pasión por la cocina. Recuerdo que me subían a una silla, con un pequeño delantal cosido por manos de mi abuela; ella me daba una cuchara de madera y me ponía ante aquel plato de cerámica con el borde azul —ese que podéis ver aquí—. Me llenaba el cuenco con trocitos de vegetales y un poco de agua, y en aquel rincón, entre el vapor y el cariño de mi abuela, yo no era una niña: yo era la cocinera más grande del mundo."
"La cocina donde todo empezó. El fogón de leña, el fregadero de piedra y mis primeros pasos como cocinera. Gracias, abuela, por aquel mini delantal y por enseñarme que en esa silla de enea cabían mis sueños más grandes."
Huesca
El susurro de las cumbres y el sabor de la montaña
Cierra los ojos y aspira. Ese aire puro, casi cortante, es el que te recibe en Huesca. Te invito a que camines conmigo por mis lugares favoritos. Siente cómo te envuelve la inmensidad de Ordesa
"El otoño en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido: un lienzo de ocres, dorados y rojos que parece detenido en el tiempo."
al llegar a Benasque, el alma se te calma entre sus cumbres nevadas. Ese es mi refugio, el lugar al que siempre me escapo para respirar
"Benasque, el corazón del valle, contemplado desde las alturas bajo la luz del día."
donde la mesa se convierte en un ritual: una tabla de madera cargada con patés de caza, embutidos de ciervo, jabalí y corzo, y esa cecina que sabe a tradición pura.
"La esencia de la tierra en una tabla: sabores intensos de jabalí, corzo, ciervo y una delicada cecina, pura tradición aragonesa."
termina en la alta montaña. Si bajamos hacia la sierra, el paisaje cambia y la historia nos sale al encuentro. Imagina la silueta imponente del Castillo de Loarre recortándose contra el cielo, una fortaleza románica que vigila el horizonte como un guardián eterno
"El Castillo de Loarre, testigo de siglos de historia, custodiando desde su atalaya la vida del pueblo a sus pies."
Después, te invito a perderte por las calles empedradas de Aínsa y Alquézar, dos villas medievales que parecen detenidas en el tiempo. Al recorrer sus rincones y asomarte a sus miradores, entenderás por qué estas piedras guardan tantos secretos.
"Piedra, historia y encanto: el casco antiguo de Aínsa y la villa medieval de Alquézar, dos joyas que definen el alma de nuestra provincia."
Y cuando el día termina y el frío empieza a apretar, nada como un guiso de carne de caza intenso y profundo, o el calor de unas migas a la pastora. Para cerrar este viaje por los sabores oscenses, deja que el paladar se rinda ante dos joyas: la delicadeza de nuestras castañas de mazapán, un bocado artesano y paciente
"Un bocado dulce y artesano: las tradicionales castañas de mazapán de Huesca, con su característico y brillante baño de caramelo."
y la icónica Trenza de Almudévar, ese hojaldre tierno, crujiente y caramelizado que es, literalmente, un trozo de cielo.
El sabor dulce de nuestra tierra: la inconfundible Trenza de Almudévar, un tesoro gastronómico que es orgullo de Huesca."
Sientes ese aroma? Respira hondo... porque Huesca es solo el principio.
ZARAGOZA
La basílica del pilar de Zaragoza
ZARAGOZA
Hay lugares que, por muchas veces que los visites, consiguen emocionarte igual que la primera vez.
A mí me pasa cada vez que cruzo el Puente de Piedra.
El cierzo me da en la cara y, poco a poco, empiezan a aparecer ante mis ojos las torres de la Basílica del Pilar. En ese instante se me eriza la piel, se me hace un nudo en la garganta y los ojos se me llenan de lágrimas. Es una emoción que nunca cambia.
Soy aragonesa. Nací en la provincia de Huesca, pero Zaragoza es la ciudad de todos los aragoneses. Y cada vez que regreso siento exactamente la misma ilusión que cuando era una niña.
Siempre me detengo unos segundos para contemplar el Pilar reflejado sobre el Ebro. Después entro a saludar a la Pilarica. Para mí no hay viaje a Zaragoza sin ese momento.
Hoy no quiero enseñarte Zaragoza como una guía turística.
Quiero enseñártela como la vivo yo.
Si te apetece, ven conmigo. Vamos a recorrer sus calles, descubrir esos rincones donde siempre me detengo, entrar en sus comercios de toda la vida y saborear una ciudad que, por muchas veces que vuelva a ella, siempre consigue emocionarme.
Porque Zaragoza no es solo una ciudad.
Es el corazón de Aragón
La pilarica
Siempre entro a saludar a la Virgen del Pilar. Es una costumbre que nunca cambio. En cuanto cruzo la puerta, el ruido de la plaza desaparece y siento una paz difícil de explicar. Me llamo María del Pilar, aunque todos me conocen como Mapi, y quizá por eso el cariño que le tengo es aún más especial. Siempre le dedico unos minutos antes de continuar mi paseo por Zaragoza.
Salgo de la Basílica y vuelvo a pisar la Plaza del Pilar. Hay algo que hago siempre. Me paro un momento, cierro los ojos... y, por unos instantes, vuelvo a ser aquella niña que venía de la mano de sus abuelos.
Me veo correteando de un lado para otro con un puñadito de alpiste en la mano mientras las palomas levantan el vuelo a mi alrededor. Qué feliz era. Todavía puedo escuchar mis risas mezcladas con el aleteo de las palomas.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, la plaza sigue llena de vida. Han pasado muchos años, pero cada vez que regreso siento que aquella niña nunca se marchó del todo. Sigue aquí, correteando entre las palomas, esperándome cada vez que vuelvo a Zaragoza.
Después de volver a ser niña por unos instantes, abro los ojos y sonrío. Zaragoza aún tiene mucho que enseñarnos. Ven conmigo, porque nuestro paseo no ha hecho más que empezar.
Teatro romano de Zaragoza
Seguimos caminando por las calles de Zaragoza y, casi sin darnos cuenta, el tiempo da un salto de más de dos mil años. De pronto aparece ante nosotros el Teatro Romano. Cada vez que lo contemplo me cuesta imaginar que, donde hoy paseamos los zaragozanos, hace siglos ya se reunían miles de personas para disfrutar de los espectáculos. Me gusta detenerme unos minutos, mirar sus gradas de piedra y pensar en toda la historia que guardan. Zaragoza tiene esa magia: a cada paso siempre encuentra la manera de sorprenderme.
Pastelería Fantoba
Apenas recorremos unas calles más cuando el aire empieza a cambiar. Antes incluso de llegar, ya huele a dulce. Y, de repente, aparece ese escaparate que parece llamarte a gritos. Da igual que te digas: "Hoy no entro." Al final siempre pasa lo mismo... abres la puerta y entras. Es imposible resistirse a Fantoba.Y entonces llega lo más difícil.
Una vez dentro ya no sabes qué llevarte. Hay tantas cosas ricas que cuesta decidirse. Miro un mostrador, luego otro, y siempre me digo que hoy compraré solo una cosa. Pero nunca lo consigo.
Al final casi siempre salgo con unos merengues, un buen trozo de guirlache y unas Frutas de Aragón. Son de esos sabores que me acompañan desde hace muchos años y que nunca pueden faltar cuando vuelvo a Zaragoza.
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Mis dulces preferidos de Fantoba
Salgo de Fantoba con mi bolsa en la mano... pero hay una cosa que nunca consigo. Soy incapaz de esperar a llegar a casa. Siempre abro la bolsa, saco una Fruta de Aragón y me la voy comiendo mientras sigo paseando por Zaragoza. No sé por qué, pero me sabe todavía mejor caminando por sus calles. Es una pequeña costumbre que repito cada vez que vuelvo y, para mí, ya forma parte del paseo.
Porque hay recuerdos que también se llevan en una bolsa de papel... y cada vez que abro una al llegar a casa, Zaragoza vuelve a estar un poquito conmigo.
Vamos... que todavía nos quedan muchos rincones por descubrir.
El mercado central de Zaragoza
En apenas unos minutos llegamos a otro de esos lugares donde siempre me entretengo más de la cuenta: el Mercado Central...
Cada vez que cruzo sus puertas me pasa lo mismo. No sé hacia dónde mirar primero. Me encantan los mercados de toda la vida. El ir y venir de la gente, las conversaciones entre los vendedores y sus clientes de siempre, el olor a pan recién hecho, a frutas, a verduras... Todo tiene vida.
Pero, si vienes conmigo, ya te aviso de una cosa: aquí no intentes llevarme con prisas, porque siempre me entretengo.
Mis dos puestos favoritos son el de las frutas exóticas y el de las especias.
Las frutas, con sus colores, sus formas y sus aromas, consiguen transportarme al trópico. Me quedo un buen rato contemplándolas. Siempre descubro alguna que llama mi atención y me hace pensar en lo bonito que es conocer sabores nuevos.
Y luego llega mi otra perdición...Las especias.
Podría pasarme horas delante de ese puesto. Sus aromas despiertan en mi cabeza un montón de recuerdos y, casi sin darme cuenta, ya estoy pensando en recetas, en guisos y en todos esos platos que podría preparar cuando vuelva a casa.
Entonces me digo:
"Hoy no voy a comprar nada..."
Pero cinco minutos después siempre salgo con una bolsita de especias en la mano.
Es superior a mí.
.... seguimos caminando y, poco a poco, aparece ante nosotros la Aljafería. Desde fuera impresiona por su aspecto de fortaleza. Cuesta imaginar que, tras esos muros, se esconde uno de los palacios más bellos de España.
Palacio de la alfajeria Zaragoza
Basta cruzar sus puertas para que todo cambie. El bullicio de Zaragoza desaparece y, de repente, parece que el tiempo se detiene. Sus arcos, sus yeserías y cada rincón me hacen sentir que he viajado a otro mundo. Siempre pienso lo mismo: aquí podría empezar perfectamente un cuento de Las mil y una noches.
Patio de santa Isabel del palacio de la alfajeria
La Aljafería es uno de los grandes tesoros de Zaragoza. Fue construida en el siglo XI como palacio de los reyes musulmanes de la taifa de Saraqusta y, con el paso de los siglos, ha sido también residencia de los Reyes Católicos, palacio de los reyes de Aragón, fortaleza y cuartel. Hoy alberga las Cortes de Aragón, pero conserva intacta la belleza que la ha convertido en uno de los ejemplos más importantes del arte islámico en España.
Mientras camino entre sus arcos y sus patios, me cuesta creer que estas paredes hayan visto pasar casi mil años de historia.La Aljafería es uno de los grandes tesoros de Zaragoza. Fue construida en el siglo XI como palacio de los reyes musulmanes de la taifa de Cesaraugusta y, con el paso de los siglos, ha sido también residencia de los Reyes Católicos, palacio de los reyes de Aragón, fortaleza y cuartel. Hoy alberga las Cortes de Aragón, pero conserva intacta la belleza que la ha convertido en uno de los ejemplos más importantes del arte islámico. Cada rincón guarda un recuerdo, una leyenda y un pedacito de la historia de Aragón.
Al salir de la Aljafería pongo rumbo al Tubo. Poco a poco las calles se fueron llenando de gente, las terrazas empezaban a animarse y el aroma que escapaba de las cocinas nos iba abriendo el apetito. Como siempre, antes de sentarme a comer me gusta dar un pequeño paseo, mirar las barras y disfrutar del ambiente. Pero cuando ya he hecho mi recorrido de rigor, empieza mi ruta de tapas. Y sí, siempre empiezo por el mismo sitio...
Primera parada: La Gerencia del Tubo
Hay sitios que, nada más cruzar la puerta, te hacen sentir que has vuelto a casa. A mí eso me pasa en La Gerencia. No entro con prisas. Me gusta acercarme a la barra, mirar despacio cada tapa y disfrutar de ese momento en el que todavía no he elegido. Mi bacalao ajoarriero sigue siendo mi favorito y siempre acaba cayendo, pero esta tosta me robó la mirada. Me fui pensando en ella... y sé que la próxima vez será la elegida. Porque eso también tiene Zaragoza: siempre consigue dejarme con ganas de volver
Con el primer bocado ya empieza el verdadero paseo. Dejamos atrás La Gerencia y, entre callejuelas llenas de vida, ponemos rumbo a nuestra siguiente parada...
Segunda parada Taberna Doña Casta
Y llegamos a Doña Casta. Si os gustan las croquetas, cuidado, porque aquí podéis volveros locos. Las tienen de tantos sabores que cuesta decidirse. Algunas, cuando lees el nombre, piensas: "esto no puede estar bueno"... pero luego las pruebas y cambias de opinión. A mí siempre me sorprenden, y casi siempre para bien.
Dejamos atrás Doña Casta con el listón muy alto, pero la ruta no ha hecho más que empezar. A pocos pasos nos espera otro de esos rincones que forman parte de mis visitas obligadas cada vez que vuelvo a Zaragoza.
Tercera parada cuevas de Aragón
más conocido como el champi
Bueno... pues vamos pal Champi. Si hay un pincho que representa El Tubo, para mí es este. Parece una cosa muy sencilla: una rebanadita de pan, tres champiñones, una gamba y esa salsa que está para mojar media barra. Pero en cuanto le das el primer bocado entiendes por qué siempre hay gente esperando. Yo no puedo pasar por aquí sin parar.
Con el último champiñón desapareciendo en un par de bocados, seguimos caminando. Lo bueno de El Tubo es que, cuando piensas que ya no puedes comer más, siempre aparece otro sitio que hace que cambies de idea.Apenas unos pasos más adelante nos espera Casa Pascualillo, otro de esos rincones que merece una parada obligatoria.
Cuarta parada casa pascualillo
Y ya estamos en Casa Pascualillo. Si habéis llegado hasta aquí conmigo, ahora toca probar unas buenas madejas. Es uno de esos platos muy nuestros que a algunos les da respeto la primera vez, pero luego repiten. Yo no perdono tampoco las cigalas de huerta, porque aquí las hacen de maravilla.
Con el buen sabor de las madejas todavía en la boca, seguimos caminando. Ya queda poco para terminar la ruta, pero todavía nos espera una última parada. Y os aseguro que merece la pena llegar hasta el final.
Quinta parada casa juanico
Y ahora sí... llegamos a la última parada de nuestra ruta por El Tubo: Casa Juanico. No podía despedirme de este rincón de Zaragoza sin hacer una parada aquí. Después de todo el paseo, de tantas risas y de tantos bocados compartidos, creo que no hay mejor forma de poner el broche final que sentarse a disfrutar de otro de esos sabores que hacen que siempre quiera volver.
Si me preguntáis qué pido siempre en Casa Juanico, no tengo ninguna duda: el huevo con chorreras. Llevan preparándolo desde 1966, dos años antes de que yo naciera, y sigue siendo uno de esos bocados que nunca perdono cuando vuelvo a Zaragoza. Crujiente por fuera, con el huevo y el jamón en su interior... sencillo, de toda la vida y, para mí, una auténtica delicia. Hay platos modernos que van y vienen, pero este lleva toda una vida conquistando a quien lo prueba.
Una última recomendación antes de despedirnos. En todas las paradas de esta ruta encontraréis una buena selección de vinos aragoneses y cervezas para acompañar las tapas. Yo siempre digo que una buena tapa sabe todavía mejor con una buena copa o una buena caña. Eso sí... disfrutadlo con calma, sin prisas .
Y así termina nuestro paseo por Zaragoza. Una ciudad a la que siempre vuelvo con la misma ilusión y de la que nunca me marcho del todo, porque siempre me dejo algún rincón por visitar o alguna tapa por volver a saborear. Pero Aragón aún guarda muchos tesoros y nuestro viaje continúa. Recogemos el coche, dejamos atrás el bullicio de la capital y ponemos rumbo a una ciudad donde el tiempo parece caminar más despacio. Nos vamos a Teruel... porque, aunque algunos no se lo crean, Teruel existe... y os aseguro que merece mucho la pena descubrirla conmigo
Teruel
Torre del salvador
Después de despedirnos de Zaragoza, ponemos rumbo al sur de Aragón. La carretera va cambiando poco a poco de paisaje y, casi sin darte cuenta, aparece ante ti una ciudad pequeña, tranquila y llena de historia. Teruel no necesita hacer ruido para enamorar. Lo hace con sus torres mudéjares, con la leyenda de los Amantes y con una gastronomía que sabe a tradición. Hoy quiero llevaros a descubrirla conmigo, paso a paso, tal y como yo la vivo cada vez que vuelvo a Aragon.
Escalinata del ovalo
Desde la Torre del Salvador seguimos caminando hasta la Escalinata del Óvalo. Para mí, este lugar siempre ha sido la verdadera puerta de entrada a Teruel. Cada vez que subo sus peldaños siento que dejo atrás el ruido y entro en una ciudad donde el tiempo parece ir más despacio. Construida en 1921 para unir el centro con la estación del tren, hoy es mucho más que una escalinata: es uno de esos rincones que anuncian que el paseo por Teruel acaba de empezar.
La plaza del torico de Teruel
Bajamos de la Escalinata del Óvalo y seguimos caminando hasta llegar a la Plaza del Torico. Para mí, este no es solo el centro de Teruel. Es un lugar de encuentro, de risas, de conversaciones sin mirar el reloj y de esos momentos que se quedan grabados para siempre. Siempre que vuelvo acabo pasando por aquí, aunque solo sea para sentarme un rato, mirar el ambiente y disfrutar de esa tranquilidad que tiene esta ciudad. El Torico será pequeño, pero el corazón que da vida a esta plaza es enorme.
Aljibes medievales
Dejamos atrás el bullicio de la Plaza del Torico para bajar a uno de los lugares que más me impresionan de Teruel: los Aljibes Medievales. Cada vez que entro aquí tengo la sensación de viajar varios siglos atrás, como si cruzara la puerta hacia otro mundo. Me cuesta imaginar cómo pudieron construir una obra tan impresionante con los medios tan rudimentarios de aquella época.
Pensar que estas enormes cisternas fueron capaces de abastecer de agua a toda una ciudad medieval me parece una auténtica maravilla de la ingeniería. Es uno de esos lugares que te hacen detenerte, mirar en silencio y admirar el ingenio de quienes nos precedieron.
Aljibes medievales
"Hay lugares que se visitan... y hay lugares que se sienten. Los Aljibes Medievales de Teruel son uno de esos rincones que me hacen detenerme, guardar silencio y admirar el ingenio de nuestros antepasados."
Iglesia de san pedro Teruel
Después de dejar atrás el silencio y la magia de los Aljibes Medievales, volvemos a la luz del día para seguir descubriendo Teruel. Apenas unos pasos más adelante nos espera otro de esos lugares que nunca dejo de visitar cuando vuelvo: la Iglesia de San Pedro. Su torre mudéjar, su belleza y la historia que guarda entre sus muros hacen que este rincón sea mucho más que una iglesia.
Interior iglesia de san pedro en Teruel
Al cruzar la puerta de la Iglesia de San Pedro siempre me ocurre lo mismo: levanto la vista y me quedo embobada. Sus vidrieras, de mil colores, dejan pasar la luz del sol y llenan el templo de un juego de luces que es difícil describir con palabras. Hay un silencio especial, una paz que invita a detenerse y contemplar cada rincón.
Claustro de la iglesia de san pedro
Mientras contemplaba aquel mar de colores que dibujaban las vidrieras sobre la piedra, no podía dejar de pensar que no existía un lugar más hermoso para custodiar una historia de amor eterno. Y es entonces cuando descubres que, tras esos muros, descansan los Amantes de Teruel.
.El mausoleo de los amantes de Teruel
Hay historias que se cuentan... y otras que se sienten. Esta es una de ellas....
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La primera vez que entré en el Mausoleo de los Amantes me ocurrió algo que nunca olvidaré. Había escuchado su historia desde pequeña, mi abuela me la contaba una y otra vez, la estudié en el colegio y la había visto en la televisión. Pensaba que ya la conocía. Pero cuando los tuve delante fue diferente. Quería acercarme, verlos de cerca y no desde la distancia. Sin darme cuenta bajé unos escalones hasta que una voz muy amable me dijo: «Señora, ahí no puede estar». Me puse colorada y solo acerté a responder: «Perdón... perdón». Hoy me río al recordarlo. Cada vez que vuelvo sigo emocionándome, pero aquella primera vez fue tan intensa que me olvidé hasta de dónde podía estar.

Después de vivir uno de los momentos más emocionantes de nuestro recorrido, decidimos despedirnos de Teruel caminando junto a su antigua muralla. Cada una de sus piedras parece guardar siglos de historia, batallas, alegrías y penas. Mientras paseaba por ella no podía dejar de imaginar cómo sería la vida cuando la ciudad permanecía protegida tras estos muros. Es increíble pensar que, tantos siglos después, todavía podamos recorrer este pedacito de historia y sentir que el tiempo se ha detenido.
La muralla de Teruel
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Los sabores de Teruel
Antes de abandonar la ciudad de Teruel merece la pena hacer una última parada... en su gastronomía.
Porque Teruel no solo conquista por su historia y sus monumentos; también lo hace por una cocina sencilla, generosa y llena de tradición.
Entre sus especialidades encontramos la caldereta de pastor, el ternasco al horno con patatas, los tordos con arroz y las famosas anguilas de Alcañiz, un pescado de agua dulce muy representativo de esta zona de la provincia.
Mención especial merece el regañao, una torta salada tradicional elaborada con masa de pan y coronada con sardina en salazón (en muchos lugares también con arenque), uno de los bocados más populares de Teruel.
Y para los amantes del dulce, Teruel guarda auténticas joyas de su repostería tradicional, como los conocidos Suspiros de Amante y las deliciosas Almas, dos dulces que forman parte de la identidad gastronómica turolense.
Muchas de estas recetas también tendrán su lugar en La Alacena de Mapi, porque conocer una tierra también es descubrir los sabores que han acompañado a sus gentes durante generaciones.
Nuestra próxima parada será Albarracín, un lugar que cada vez que visito consigue hacerme viajar en el tiempo. Allí, entre calles empedradas y casas centenarias, siempre vuelvo a sentirme como una princesa medieval.
ALBARRACIN
Pueblo de albarracin
Albarracín, un viaje en el tiempo
Dejamos atrás Teruel capital para continuar nuestro viaje hacia uno de los lugares más bellos de toda la provincia. Un pueblo que no solo enamora por su belleza, sino también por las sensaciones que despierta en quien lo visita por primera vez.
La primera vez que paseé por Albarracín tuve la sensación de haber entrado en un auténtico pueblo medieval. Sus calles empedradas, sus casas de tonos rojizos, los balcones de madera y sus murallas hacen que, por un momento, te olvides del tiempo en el que vives.
Hay lugares que se visitan... y hay lugares que consiguen transportarte a otra época.
Para mí, Albarracín siempre ha tenido ese efecto.
Una de las calles de Albarracin
Cada vez que vuelvo, siento la misma emoción que la primera vez. Pasear sin prisa por sus calles, levantar la vista y contemplar cada rincón es una experiencia difícil de explicar con palabras. Es un lugar que invita a imaginar cómo era la vida hace siglos y a disfrutar de un patrimonio que se ha conservado de una forma extraordinaria.
No es casualidad que esté considerado como uno de los pueblos más bonitos de España. Basta con recorrer sus calles para comprender por qué miles de personas llegan cada año atraídas por su historia, su arquitectura y el encanto único que conserva.
Y visto de noche es un espectáculo para todos los sentidos
Albarracín de noche
Pero Albarracín no solo se descubre caminando por sus calles; también se conoce sentándose a la mesa.
La cocina de la Sierra de Albarracín mantiene vivas recetas que han pasado de generación en generación. Entre sus platos más tradicionales destacan las sopas de ajo, el perolico y el sorprendente conejo de monte con chocolate, una receta que refleja el carácter de la cocina serrana.
Sopas en perolico
En el apartado dulce encontramos las tortas finas y las tradicionales rosquillas árabes, que siguen elaborándose de forma artesanal.
Tortas finas
La sierra también presume de uno de sus productos más reconocidos: el Queso Sierra de Albarracín, premiado en numerosas ocasiones por su calidad y convertido en un auténtico referente del queso artesano aragonés.
Y cuando llega el otoño, los bosques que rodean Albarracín se llenan de vida gracias a la gran variedad de setas silvestres, convirtiendo la micología en una de las tradiciones más apreciadas de la comarca.
Una selección de setas Turolenses
Algunas de estas recetas y productos forman parte de La Alacena de Mapi, porque conocer un lugar también es descubrir los sabores que lo identifican y las tradiciones que todavía hoy permanecen vivas.
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Rumbo a Mirambel
Después de despedirnos de la magia de Albarracín, continuamos nuestro recorrido por la provincia de Teruel. Dejamos atrás la sierra para adentrarnos en la comarca del Maestrazgo, donde nos esperaba otro de esos lugares capaces de enamorar a primera vista.
Y, de repente, apareció Mirambel.
Las calles empedradas de miranbel
Un pueblo pequeño, silencioso y lleno de historia, donde parece que el tiempo decidió detenerse hace siglos. Sus calles empedradas, sus casas de piedra, la muralla y el magnífico estado de conservación de su casco histórico hacen que cada paseo sea un auténtico viaje al pasado.
La muralla de Miranbel
Pero si hay algo que siempre recomiendo a quien visita Mirambel es sentarse a comer en su plaza.
No es solo por la comida. Es porque, mientras disfrutas de la gastronomía de la zona, levantas la vista y te das cuenta de que estás rodeado de historia. La muralla, las antiguas casas de piedra y el silencio del pueblo hacen que, por un momento, tengas la sensación de estar sentado en plena Edad Media.
Es una de esas experiencias sencillas que terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos más bonitos del viaje.
Los sabores de Mirambel
Como ocurre en todos los pueblos del Maestrazgo, la cocina de Mirambel mantiene viva la esencia de la gastronomía tradicional turolense.
Los sabores de Miranbel
El ternasco de Aragón, los embutidos artesanos, los quesos de la comarca, el aceite de oliva virgen extra y las recetas cocinadas a fuego lento forman parte de una cocina sencilla, honesta y llena de sabor.
Aquí no hace falta buscar grandes restaurantes para disfrutar de la gastronomía. Basta con sentarse en la plaza, contemplar el pueblo y dejar que el tiempo transcurra despacio. Porque en Mirambel la buena cocina y la tranquilidad siempre van de la mano.
Valderrobres la Joya del Matarraña
Puente entrada villa medieval Valderrobres
Después de disfrutar de la tranquilidad de Mirambel, continuamos nuestro viaje por la comarca del Matarraña, una tierra de paisajes espectaculares que muchos conocen como la Toscana aragonesa.
Nuestro siguiente destino era Valderrobres, uno de esos lugares que enamoran desde el primer instante.
La primera imagen es difícil de olvidar. El antiguo puente de piedra cruza el río Matarraña y conduce hasta la imponente Puerta de San Roque, antigua entrada a la villa medieval.
Puerta de san roque
Durante siglos, por esta puerta entraban viajeros y mercancías, convirtiéndose en un importante punto de control comercial, una especie de antigua aduana de la época.
Al atravesarla, el visitante descubre un entramado de calles empedradas, casas señoriales de piedra, balcones de forja y rincones llenos de encanto que ascienden hasta el impresionante castillo y la iglesia de Santa María la Mayor, dominando todo el conjunto histórico.
Es imposible no detenerse unos minutos para contemplar esta estampa. Todo transmite historia, tranquilidad y autenticidad.
Valderrobres visto desde el puente de hierro
Mi consejo es muy sencillo: recorrer Valderrobres sin prisas. Cruzar su puente medieval, perderse por sus calles, subir hasta el castillo y disfrutar de las vistas sobre el río Matarraña es una experiencia que permanecerá mucho tiempo en la memoria.
Los sabores de Valderrobres
La gastronomía de Valderrobres refleja perfectamente la riqueza culinaria del Matarraña, una comarca donde la cercanía con Cataluña y la Comunidad Valenciana ha dejado una profunda huella tanto en su cocina como en su repostería.
Entre sus platos tradicionales destacan la perdiz en escabeche y las sopas escaldadas, preparadas con buen aceite de oliva virgen extra y pimentón, ejemplo de una cocina sencilla pero llena de sabor.
Perdiz en escabeche
En el apartado dulce sobresalen las casquetas, unas deliciosas empanadillas rellenas de confitura de calabaza, y los tradicionales carquiñols, unas pastas duras y crujientes elaboradas con almendras que reflejan esa influencia mediterránea tan característica de esta comarca.
Carquiñols
Muchas de estas recetas también encontrarán su lugar en La Alacena de Mapi, porque descubrir un pueblo es también conocer los sabores que han acompañado a sus vecinos durante generaciones.
Los tesoros que nacen de la tierra turolense
Cuando hablamos de Teruel, enseguida pensamos en su jamón, en la trufa negra, en el azafrán o en los melocotones de Calanda. Son productos conocidos y admirados dentro y fuera de Aragón.
Pero hay algo que muy pocas personas han tenido la oportunidad de contemplar.
Muy pocos han visto cómo un perro encuentra una trufa escondida bajo la tierra. Muy pocos han paseado entre los campos morados del Jiloca cuando florece el azafrán. Muy pocos saben que cada melocotón de Calanda se protege uno a uno, embolsándolo cuando todavía cuelga del árbol para que llegue perfecto a nuestras mesas.
En este apartado quiero abrir una pequeña ventana a ese mundo que normalmente permanece oculto. Quiero enseñaros el trabajo, la paciencia y el cariño que hay detrás de algunos de los productos más emblemáticos de Teruel.
Porque antes de llegar a nuestros platos, detrás de cada uno de ellos hay madrugones, manos expertas, tradición y muchas generaciones que han sabido conservar un legado único.
Hoy no vamos a cocinar. Hoy vamos a recorrer el campo turolense para descubrir dónde y cómo nacen algunos de los grandes tesoros de esta tierra.
La trufa negra, el tesoro escondido bajo nuestros pies
Si hay un producto que despierta admiración en Teruel, ese es la trufa negra. Todos hemos oído hablar de ella, pero muy pocos han tenido la suerte de verla en el mismo instante en que sale de la tierra
La búsqueda comienza en silencio, recorriendo la trufera junto al verdadero protagonista de esta historia: el perro trufero. Gracias a su extraordinario olfato, va recorriendo el terreno hasta que, de repente, se detiene. Sabe que allí, bajo nuestros pies, se esconde un auténtico tesoro.
Búsqueda de trufa con perro
Es entonces cuando el trufero se arrodilla y, con una pequeña herramienta llamada trufera, retira la tierra con muchísimo cuidado. Cada movimiento es importante, porque la trufa debe salir entera y el terreno debe quedar protegido para que el micelio continúe viviendo y vuelva a producir nuevas trufas en los años siguientes.
Desenterrado de la trufa
Cuando por fin aparece entre la tierra, entiendes por qué la llaman el diamante negro de la gastronomía.
No es solo su aroma ni su sabor.
Es todo el trabajo, la paciencia y el respeto por la naturaleza que hay detrás de cada una de ellas.
Trufa negra de teruel
Y creedme... verla salir de la tierra es una de esas experiencias que nunca se olvidan.
El azafrán, el oro rojo del Jiloca
Cuando los primeros fríos del otoño llegan al valle del Jiloca, ocurre algo que apenas dura unos días y que convierte los campos en un auténtico espectáculo de color.
Miles de pequeñas flores moradas cubren la tierra anunciando que ha llegado el momento de la recolección del azafrán.
Recolectado campo de azafrán
La recogida comienza muy temprano, antes de que el sol abra completamente las flores. Una a una se cortan cuidadosamente y se depositan en cestas. Parece un trabajo sencillo, pero basta con verlo de cerca para comprender el enorme esfuerzo que requiere.
Después llega la parte más delicada de todas.
Mujer extrayendo los estambres del azafran
Sentados alrededor de una mesa, con una paciencia infinita, se abre cada flor para extraer únicamente los tres finísimos estigmas rojos, que son el auténtico azafrán. Flor tras flor. Sin prisas. A mano.
Para obtener apenas un kilo de azafrán hacen falta cientos de miles de flores, por eso desde hace siglos se le conoce como el oro rojo.
Cuando uno contempla los campos del Jiloca cubiertos de morado y presencia este trabajo artesanal, entiende que el verdadero valor del azafrán no está solo en su aroma o en su color, sino en las manos que lo hacen posible.
Después de varios días de secado, esos delicados hilos rojos se convierten en el azafrán que conocemos, un tesoro capaz de dar color, aroma y personalidad a algunos de los platos más tradicionales de nuestra cocina.
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El melocotón de Calanda, un fruto cuidado con paciencia
Campo de melocotoneros
Hay frutas que se cultivan. Y hay otras que se miman desde el primer día
Eso es exactamente lo que ocurre con el Melocotón de Calanda, uno de los grandes orgullos de la provincia de Teruel.
Todo comienza en primavera, cuando los melocotoneros se cubren de miles de delicadas flores rosadas. Durante unos días, los campos parecen un mar de color que anuncia la llegada de una nueva cosecha.
Pero lo que hace realmente especial a este melocotón llega unas semanas después.
Cuando el fruto comienza a crecer, cada melocotón se embolsa a mano, uno por uno. Sí, habéis leído bien. Cada pieza recibe una bolsa de papel que la protegerá durante toda su maduración.
Es un trabajo paciente y minucioso que requiere miles de horas de dedicación, pero gracias a él los frutos llegan al final del verano con una piel perfecta, un aroma inconfundible y una dulzura extraordinaria.
Chica embolsando los melocotones
Cuando llega el momento de retirar la bolsa, aparece un melocotón único, grande, jugoso y lleno de sabor, fruto del trabajo de agricultores que generación tras generación han mantenido viva esta tradición.
Retirada de las bolsas
Después de contemplar los árboles en flor y ver cómo cada melocotón es protegido individualmente, uno comprende que detrás de esta fruta hay mucho más que una cosecha.
Hay paciencia, esfuerzo, cariño por la tierra y el orgullo de conservar una forma de cultivar que ha convertido al Melocotón de Calanda en uno de los productos más emblemáticos de Aragón.
El jamón de Teruel ,el tiempo echo sabor
Hay productos que no entienden de prisas.El jamón de Teruel es uno de ellos.
Todo comienza mucho antes de que una pieza cuelgue en un secadero.
Comienza con el cuidado de los animales,con el trabajo de los ganaderos y con un clima privilegiado que hace posible una curación natural.
Cuando uno entra a un secadero, el silencio impresiona.Filas y filas de jamones descansan colgados,mientras el aire limpio y frío de la sierra hace su trabajo lentamente aquí no existen los atajos.solo el paso del tiempo, la paciencia y el saber hacer de quienes llevan generaciones dedicándo su vida a este oficio.
Poco a poco. la carne va transformándose hasta adquirir ese aroma inconfundible ,esa grasa brillante que se funde al contacto con los dedos y ese sabor delicado que distingue al auténtico jamón de Teruel
Pero el momento más bonito, llega cuando después de años de espera, el cuchillo corta la primera loncha fina,casi transparente, dejando ver ese equilibrio perfecto entre la carne y la grasa que solo el tiempo sabe crear.
Después de conocer como se cura un jamon y contemplar cientos de piezas colgadas esperando su momento, uno comprende que no es solo un alimento.
Es una tradición centenaria,un símbolo de Teruel y el resultado
de la paciencia, el trabajo de muchas personas que han echo del jamon uno de los grandes tesoros de Aragón.
El queso de Tronchon
El queso de Tronchón, una tradición con siglos de historia
Hablar del queso de Tronchón es hablar de uno de los quesos más antiguos y representativos de Aragón. Su fama viene de muy lejos y ha sabido mantenerse viva gracias al trabajo de los maestros queseros que, generación tras generación, han conservado la misma forma de elaborarlo.
Su característica forma, con el centro ligeramente hundido, lo hace inconfundible. Elaborado de manera artesanal con leche de oveja, de cabra o con una mezcla de ambas, cada pieza madura lentamente hasta desarrollar un aroma intenso y un sabor que conquista desde el primer bocado.
Pero el verdadero secreto de este queso no está solo en la receta. Está en los pastos de la sierra, en el aire limpio de Teruel y en la experiencia de quienes siguen trabajando como lo hicieron sus antepasados, respetando los tiempos y cuidandocada detalle del proceso.
No es casualidad que este queso alcanzara tanta fama que incluso Miguel de Cervantes lo mencionara en Don Quijote de la Mancha, convirtiéndolo en uno de los quesos más conocidos de su época.
Hoy, siglos después, el queso de Tronchón continúa siendo un símbolo de la gastronomía turolense y un orgullo para quienes mantienen viva esta tradición.
Porque hay sabores que nunca pasan de moda. Sabores que cuentan la historia de una tierra y de las personas que la trabajan con pasión.
La jota, el latido de Aragón
Quiero terminar este viaje hablando de algo que no se puede guardar en una despensa ni servir en un plato, pero que forma parte de Aragón tanto como el azafrán, la trufa, el jamón o el ternasco.
La jota.
Es muy difícil explicar con palabras lo que siente un aragonés cuando una garganta rompe el silencio y comienza a cantar una jota. No hace falta música. No hace falta un escenario. Basta una voz para que el corazón empiece a latir de otra manera.
Y si además estás lejos de tu tierra, ocurre algo todavía más especial.
De pronto escuchas una jota en cualquier rincón del mundo y, sin darte cuenta, se te eriza la piel. La garganta se hace un nudo. Los ojos se llenan de lágrimas y, durante unos instantes, vuelves a estar en casa.
Porque la jota no solo se escucha.
La jota despierta recuerdos. Nos devuelve a nuestros abuelos, a las fiestas del pueblo, a las plazas llenas de gente, a las cocinas de nuestras madres y abuelas, a las voces que ya no están y que siguen viviendo en nuestra memoria.
Para un aragonés, una jota nunca será solo una canción.
Es el sonido de nuestra tierra. Es el orgullo de nuestras raíces. Es la emoción de saber que, aunque la vida nos lleve lejos, Aragón siempre viajará con nosotros.
Y como no podía despedirme de mi tierra de otra manera, quiero hacerlo con algunas jotas populares que durante generaciones han acompañado nuestras fiestas, nuestras cocinas y nuestras mesas.
«A la jota, jota de las olivicas,
si son de las tuyas, qué ricas, qué ricas.
Yo pongo el avío, tú pones el pan,
qué ricas olivas, qué ricas están.»
«De Teruel es el jamón,
del Pilar la baturrica,
el vino de Cariñena
y la jota, la jota la más rica.»
«Para cantar bien la jota
hace falta buen porrón,
un trago de vino tinto
y alegría en el corazón.»
«No hay mejor cocinera
que la baturra en su hogar,
que con cuatro pataticas
hace un guiso singular.»
«Alrededor de la lumbre
se cocina el buen humor,
dándole vueltas a la olla
cantando con emoción.»
Porque Aragón no solo se visita. Aragón se saborea, se canta, se cocina y se lleva para siempre en el corazón.
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