Bollos de aceite de la abuela
Hay recetas que no necesitan grandes adornos para ser especiales. Estos bollos de aceite son de los que llenan la cocina de ese olor maravilloso a pan recién hecho y que, todavía templados, piden un café o un vaso de leche al lado. Sencillos, tiernos y con ese sabor casero que recuerda a las meriendas de siempre.
Ingredientes
500 g de harina de fuerza
100 g de aceite de oliva virgen extra
100 g de leche entera
200 g de agua tibia
50 g de azúcar blanco, más un poco para decorar
15 g de levadura fresca o 5 g de levadura seca de panadería
1 huevo
10 g de sal
Ralladura de 1 limón
1 cucharadita de agua de azahar o anís, opcional
Preparación
Disolvemos la levadura en la leche tibia junto con una cucharadita del azúcar y dejamos reposar unos minutos, hasta que empiece a formar pequeñas burbujas.
En un bol amplio ponemos la harina, el resto del azúcar, la sal y la ralladura de limón. Añadimos, si queremos aromatizarlos, el agua de azahar o el anís.
Incorporamos el agua tibia, el aceite de oliva y la mezcla de leche y levadura. Trabajamos la masa hasta conseguir una textura elástica y algo pegajosa. Podemos hacerlo a mano o con robot de cocina.
Formamos una bola y la colocamos en un bol ligeramente engrasado. Cubrimos y dejamos reposar en un lugar cálido durante unas 2 o 3 horas, hasta que la masa haya doblado su volumen.
Volcamos la masa sobre la superficie de trabajo y la desgasificamos suavemente. La dividimos en porciones de unos 80-100 gramos y formamos los bollos, procurando que queden bien redonditos.
Los colocamos sobre una bandeja cubierta con papel de horno, dejando espacio entre ellos. Cubrimos y dejamos reposar de nuevo unos 45-60 minutos.
Precalentamos el horno a 180 ºC. Pintamos los bollos con huevo batido y espolvoreamos generosamente con azúcar.
Horneamos durante unos 20-23 minutos, hasta que estén doraditos. Los dejamos enfriar sobre una rejilla.
Consejo de Mapi
No tengáis prisa con los levados. Una masa bien reposada hará que los bollos queden mucho más tiernos y ligeros. Y si los vais a comer recién hechos, dejad que se templen un poquito: ese primer mordisco con el azúcar todavía crujiente por encima es una maravilla.



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